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Opinión | Salud y rock and roll

Febrero se va

¿Y si después es nunca? Pues aprovecha.

¿Y si después es nunca? Pues aprovecha. / Pinterest

Febrero se ha ido sin que me dé cuenta y enero duró 534 días. Se acabaron los trenes de borrascas, el frío y la lluvia. En Murcia el sol luce de forma escandalosa; el mar pide su sitio y yo tengo ganas de inaugurar la temporada de baño; está al caer.

Febrero se ha ido sin hacer ruido y por el camino nos ha dejado a un macaco japonés rechazado por su madre con un peluche que se ha hecho viral, al Bizcocho ganando el COAC en Cádiz, la muerte de Fernando Esteso o la de Antonio Tejero el día de la desclasificación de los documentos del 23F, muy poético. Febrero se va dejando en mí el recuerdo de un viaje a Tánger, un concierto de Jero Romero y el ‘Halftime show’ de Bad Bunny en la Superbowl, lanzando un mensaje al mundo ante las políticas migratorias de Trump y las redadas inhumanas del ICE en EE UU: "Lo único más poderoso que el odio es el AMOR".

Febrero se va y cada día 20 del mes que sea te echo de menos, también otros días aunque no sea 20, ni febrero. Tengo un tatuaje pendiente, las ganas de tinta han vuelto y no tengo muy claro qué hacerme. Febrero se va y solo he pasado en casa un fin de semana; he ido a Valencia conduciendo y aún me duelen los brazos de sujetar el volante por culpa del viento. Siempre está bien ir a Bullas y, si es para ver a Rufus T. Firefly, aún mejor; imposible no sonreír al pasar por los baños de la Almazara y acordarme de mucha gente. También tengo mono de un concierto de Los Planetas; Jota, invéntate algo y toma todo mi dinero.

Febrero se va, pero el ruido sigue quedándose; la política cada vez me cabrea más. Es esa relación tóxica de la que no me puedo desenganchar; siempre vuelvo, maldita sea. No sé cuántas veces he roto, pero una nueva trama o un movimiento político hace que vuelva y me seduce, y ahí estoy yo escuchando una sesión parlamentaria o conectándome al acto de Rufián en Galileo Galilei y tomando notas. Haciendo palomitas estoy viendo la escabechina de Vox, solo puede quedar uno como en la película de Los Inmortales. Yolanda dice que no se presenta, pero no deja la política. El PP y el PSOE siguen a lo suyo atacándose, sin debate serio y mientras yo, no tengo remedio, sigo enganchada.

Oigo un gallo cantar cada día, da igual la hora, lo de la negación de San Pedro en mi barrio se repite constantemente; vivo en el centro, salgo a la terraza y miro a mi alrededor pensando quién tiene un gallo en su casa. A veces de madrugada canta y me despierta; está algo desorientado, pienso mientras intento volverme a dormir, pero ¿quién no lo está en estos tiempos de locos? También oigo campanas a todas horas, las de la catedral o la iglesia del barrio. Paso tiempo en casa, me gusta el silencio a pesar del gallo y las campanas y también me gusta estar sola; apenas pongo música, solo cuando me voy a la ducha. Disfruto del silencio. Hay gente a la que se le cae la casa encima.

Febrero se va y el sol entra en el salón; me encanta sentarme a tomar un café por la mañana mientras pienso, a veces demasiado; en lo sencillo está la felicidad. Febrero se va y lo recordaré por los días de viento, por tomar la iniciativa, por recibir la felicitación de alguien que me está ayudando a entenderme. Por cortarme el pelo, por aceptar, comprender y perdonar para poder seguir. Febrero se va y por fin sé hacer maletas con lo imprescindible; es mi nuevo superpoder.

Son las 10.40 de la mañana y, mientras escribo, el gallo está cantando, una y otra vez. Febrero se va y ya huele a incienso, Semana Santa y Fiestas de Primavera. Febrero se va y me pilla en Antequera, viva Andalucía libre, los molletes y la pringá. Adiós, febrero, nunca te he prestado mucha atención, pero este año no ha estado mal; me ha gustado disfrutarte. Breve, intenso, rápido e indoloro. Nunca un mes al que no le prestaba atención había sido tan divertido, disculpa por infravalorarte, has dejado el listón muy alto.

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