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Opinión | Pintando al fresco

Aquella tarde

Imagino que todos aquellos que el 23 de febrero de 1981 teníamos capacidad de raciocinio estamos pasando unos días en el que los recuerdos se nos agolpan en la memoria. Se produjo un intento de golpe de Estado, pero también fue un golpe tremendo a nuestras conciencias, a nuestras ilusiones de vida, a nuestros planes de futuro. Hemos leído lo publicado de los papeles desclasificados, y, aunque de este tema cada uno de nosotros tiene su historia que contar, y serán todas muy interesantes, permítanme que les relate mi experiencia de aquel día. Lo hago porque creo que puedo aportar algo a ese mosaico de formas de sentir y de asumir lo que estaba ocurriendo, y de cómo reaccionar. Mi aportación es, ¿qué ocurrió en los centros de Enseñanza, llenas sus aulas de alumnos, aquella tarde aciaga?

Por entonces yo era jefe de Estudios del Instituto Politécnico de Cartagena, un macrocentro educativo con tres turnos de alumnos cada día, el de mañana, el de tarde y el nocturno, independientes cada uno de los otros. Pueden ustedes imaginar cómo era el ambiente de aquella tarde en un centro donde se impartía Formación Profesional, es decir, que había aulas llenas de alumnos, pero también talleres de las distintas especialidades que se impartían, Electrónica, Administrativos, Electricidad, Metal, etc. etc.; salas de Dibujo técnico, instalaciones deportivas, etc., es decir, muchos alumnos. Y muchos profesores -en el claustro éramos cerca de 200- y de muy distintas especialidades como esta enseñanza requería.

Cuando nos enteramos de lo que estaba ocurriendo, el director del instituto, Juan Martínez Simón, (recientemente fallecido; más tarde fue alcalde Cartagena, Consejero del Gobierno Regional y otros cargos políticos) y yo nos planteamos qué debíamos hacer en aquellas circunstancias. Enseguida nos pusimos de acuerdo en que había que mandar a los alumnos a sus casas y suspender las clases. Yo mismo me encargué de ello siguiendo un protocolo que preparamos. Lo hice así: abría la puerta de la clase, llamaba al profesor o profesora a que saliera al pasillo, le explicaba lo que había, y entonces entraba en el aula y me dirigía a los alumnos tratando de no asustarlos al contarles lo que ocurría, utilizando argumentos como: ‘ha ocurrido algo en el Congreso de los Diputados y creemos que vuestros padres estarían más tranquilos si volvéis a casa enseguida’. A continuación, les preguntaba si alguno tenía problema de transporte, y, en ese caso, tratábamos de solucionarlo. Más de un profesor acabó esa tarde llevando alumnos en su coche a los domicilios de los chicos y chicas. Tuvimos que hacer bastantes llamadas a padres o hermanos mayores de los alumnos viendo formas de que llegaran lo antes posibles a sus casas.

Fue un trabajo duro, pero, ya de noche, el director y yo éramos las únicas dos personas que quedábamos en el centro. Nos sentamos en su despacho a descansar un poco. Entonces nos llegó una notificación en la que se nos comunicaba el bando que había dictado el general Milans del Bosch, que, a pesar de ser él Jefe de la Región Militar de Valencia, también afectaba a otros lugares del Levante, entre ellos a Cartagena. Como responsables de un Centro Educativo, podíamos considerarnos movilizados militarmente, y hasta con cargo. Aquello fue aplastante.

Cuando, alrededor de las nueve de la noche, cerré las enormes puertas del Instituto y me dirigí a casa en mi coche por las calles de Cartagena no se veía a nadie. Ni un peatón, ni un vehículo. Todo el mundo estaba en sus casas asustado. Al pasar cerca de la Alameda de San Antón pude oír el rugido de los motores de los tanques del cuartel de Tentegorra. Nunca supe si llegaron a salir o si se quedaron dentro, pero se escuchaban perfectamente. El miedo, la preocupación y la tristeza me acompañaban. Terrible tarde aquella.

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