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Opinión | Mamá está que se sale

Ceniza

En algunas casas todavía no han quitado el árbol de Navidad, y ya estamos en Cuaresma. Yo, que me conozco a mí y a mis circunstancias (como decía el sabio), sé que el riesgo de dejarlo puesto hasta el año que viene es muy alto, así que lo recojo el mismo día de Reyes por pura supervivencia doméstica. Porque una cosa es celebrar las tradiciones, y otra vivir en un bucle espacio-temporal de espumillón.

Aunque me venía horrible, el miércoles de ceniza mi yo más místico tiró de mí, llevándome a ponerme la ceniza en una iglesia cercana. Estaba segura de que el Señor me querría igual, aunque no me la pusiera. Y que los asuntos urgentes que no podían esperar, tampoco podían esperar el rato que tardé en ir a ponérmela. Pero sin saber cómo, me vi en la fila esperando a cumplir con el ritual. A una la han hecho así y eso, por ahora, no tiene remedio.

Me dijeron: «Polvo eres y en polvo te convertirás». Y oye, fue salir a la calle, sacudiéndome la ceniza -una es mística pero no es necesaria la pose de mártir-, y darme cuenta de que el mundo no se había acabado. Los asuntos que aparqué seguían en el mismo sitio en el que estaban, y la catástrofe por el rato perdido, la verdad es que no fue para tanto. Al final, el ritual de prepararse para el recogimiento sirve, sobre todo, para bajarse de la vida un segundo.

El hecho de empezar la cuaresma con la ceniza también tiene su sentido: se hace quemando las palmas del Domingo de Ramos, de ese día en el que Jesús entró triunfante en Jerusalén, para ser apresado al poco tiempo y morir en la Cruz. Una forma de representar que, lo que hoy es alegría y gozo, mañana será sufrimiento y sacrificio. No está de más tenerlo presente.

Hasta Carl Sagan, que me encanta porque su visión agnóstica es extrañamente parecida a la mía, decía que en un «suspiro galáctico» nadie sabrá ni siquiera que pasamos por aquí. Eso te da una paz total: en polvo nos convertiremos de todos modos.

Hace un tiempo, le tomé la lección de historia a uno de mis hijos. Era de la Grecia clásica, y del imperio persa. En el ánimo de saber curiosidades, dio con aquella leyenda de Alejandro Magno, la que contaba que tras su muerte quiso que su féretro fuese llevado por los mejores médicos -pues ningún médico vence a la muerte-, y que sus tesoros fuesen arrojados a su paso, porque al otro barrio te vas con lo puesto, y esos «cacharros» eran bienes terrenales que no podría llevar consigo. En su día comentamos lo curioso que era que Alejandro Magno, un hombre que vivió hace miles de años, y sin embargo con una visión de la vida tan parecida a la nuestra… como si alguien la hubiera inventado. Pero bueno, eso da para otra columna.

Sigamos con lo nuestro, que luego viene el viacrucis. Aunque cada cual tiene el suyo, al que me refiero es al que se hace los viernes por la mañana en la Catedral. Voy siempre que puedo, es otro rito que me encanta, piensa lo que quieras. Se junta una procesión de gente, en parte orando por sus cosas y en parte aprovechando la llegada del buen tiempo para desayunar en la calle, con la excusa del madrugón. En Murcia no sabemos separar la mística de la cultura, ni la oración del chocolate con churros.

En cualquier caso, comienza un tiempo de reflexión y recogimiento. De bajada de humos y de humildad. Nunca viene mal.

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