Opinión | Tribuna libre
Avanza Médica Región de Murcia
El especialista invisible y la trampa de la ‘localización’

Profesionales sanitarios atienden a un paciente en un hospital. / L.O.
El sistema sanitario público no se sostiene solo sobre hospitales, tecnología o presupuestos. Se sostiene sobre las personas que trabajan en él. Y entre ellas, los médicos especialistas soportan una carga invisible que la Administración ha normalizado: las guardias localizadas.
Escribo como médica del sistema público. No realizo este tipo de guardias, pero convivo con ellas. Mi pareja es médico y las cumple de forma habitual. Cuando su teléfono suena de madrugada, no se activa solo un profesional: se activa un hogar entero que aprende a vivir en estado de alerta permanente.
La expresión ‘guardia localizada’ sugiere comodidad: estar en casa y acudir solo si ocurre algo excepcional. La realidad es muy distinta. Es una disponibilidad continua. El teléfono puede sonar decenas de veces. Cada llamada exige un diagnóstico inmediato, una conexión remota al sistema del hospital y una decisión clínica con plena responsabilidad legal. No es atención ocasional: es asistencia continuada sin derecho real al descanso.
En muchos casos, además, estos profesionales deben cubrir guardias en hospitales alejados de su domicilio. Para cumplir los tiempos de respuesta, se ven obligados a pagar una habitación de hotel de su propio bolsillo. No pueden quedarse en el hospital, pero tampoco pueden volver a casa. Pagan por estar disponibles. Es difícil encontrar una definición más precisa de precariedad.
La retribución media de estas guardias ronda los diez euros netos por hora en muchas comunidades autónomas. Ese es el valor que el sistema asigna a la responsabilidad clínica última de un especialista que puede ser despertado varias veces de madrugada y tener que entrar directamente en un quirófano para salvar una vida.
El problema no es solo económico. Es organizativo y legal. Durante esas horas se asumen responsabilidades clínicas y penales plenas, se tributa por los ingresos, pero ese tiempo no computa como jornada laboral ni cuenta para la jubilación. Existe un limbo jurídico perfectamente funcional para la Administración y profundamente injusto para el profesional.
Tras una noche de llamadas, desplazamientos y decisiones clínicas, muchos médicos empalman con su jornada ordinaria: pasan consulta, operan y toman decisiones complejas sin haber descansado. En cualquier otro sector crítico, este nivel de fatiga sería inaceptable.
El sistema tampoco distingue entre quien asume riesgos y quien los evita. Retribuye igual, erosiona el talento y empuja a los perfiles más cualificados a marcharse. Para sostener la apariencia de normalidad, se rebajan los estándares. No es una crítica individual, sino la consecuencia directa de un modelo mal diseñado.
Muchos especialistas han pedido transformar las guardias localizadas en guardias presenciales, no para ganar más, sino para garantizar el descanso tras una noche de trabajo real. La respuesta ha sido negativa. Mantener la ‘localización’ permite seguir disponiendo de los profesionales sin reconocer el desgaste que implica.
En algunos servicios, aplicar el descanso obligatorio haría inviable la actividad diaria. Esta imposibilidad no es un argumento técnico: es la prueba más clara de la precariedad estructural del sistema.
Incluso cuando existe formalmente el derecho a libranza, solo computa el tiempo de presencia física efectiva. Todo lo demás —las horas de alerta, las llamadas, las decisiones clínicas a distancia, la imposibilidad de desconexión— simplemente no existe para la Administración.
La consecuencia es un modelo inseguro. Mientras durante la jornada ordinaria trabajan equipos completos, gran parte del tiempo asistencial recae sobre una sola persona de guardia. No es eficiencia. Es una ruleta rusa organizativa.
Y tiene efectos clínicos conocidos. La mortalidad hospitalaria es mayor fuera del horario ordinario, cuando hay menos personal y menos recursos disponibles. El sistema acepta este mayor riesgo como un daño colateral asumible.
A esta carga profesional se suma otra menos visible: el impacto en la vida familiar. Las guardias condicionan hogares enteros: sueño fragmentado, planes cancelados, ausencia emocional incluso cuando se está físicamente presente.
Por eso el ciudadano debería preocuparse. La próxima vez que vea a su médico cansado o distante, no es falta de vocación. Es agotamiento inducido por un modelo que prefiere ahorrar en organización lo que luego paga en riesgo clínico.
Un sistema que no cuida a quienes lo sostienen acaba debilitándose.
El colapso silencioso ya está en marcha.
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