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Opinión | +Mujeres

La tradición patriarcal Virdžina / Tobelija

Unas de las fotos de la serie 'Vírgenes juradas de Albania', de la fotógrafa Jill Peters

Unas de las fotos de la serie 'Vírgenes juradas de Albania', de la fotógrafa Jill Peters

En todas las épocas y culturas existieron mujeres que no se conformaron con los roles de género establecidos, mujeres que no quisieron vivir de la forma que otros habían pensado para ellas y manifestaron un pensamiento propio, rechazando la sociedad patriarcal del momento.

En todas las épocas y culturas existieron mujeres que por deseo o necesidad adoptaron una identidad masculina para poder participar en actividades que no les estaban permitidas.

Algunas se disfrazaron, se travistieron ocasionalmente; otras, sin embargo, vivieron como hombres parte o la totalidad de sus vidas. Cambiaron su aspecto y su nombre para poder acceder al poder, como la reina egipcia Hatshepsut; a los espacios de aprendizaje de su época, como Agnodice de Atenas y Concepción Arenal; y a la profesión que querían, como Margaret Ann, quien estudió y ejerció la medicina bajo el nombre y el aspecto de James Barry.

Hubo escritoras que decidieron usar un pseudónimo masculino para protegerse de los prejuicios, para dedicarse a lo que deseaban y abrirse paso en el mundo editorial. El alter ego les facilitó la libertad de expresión, pero, a la vez, se arriesgaron a ser invisibilizadas u olvidadas, ocultas tras un nombre extraño. Además, al usar un nombre de hombre estaban aceptando que la escritura requería de una condición masculina.

Pero los ejemplos más singulares y extremistas de mujeres que deciden vivir como hombres, o de niñas que son privadas del derecho a crecer y convertirse en mujeres, los encontramos en los Balcanes. Esta práctica común desde la Edad Media dictaba que, en caso de fallecimiento del jefe de familia sin dejar heredero varón, una de las hijas podía asumir el rol masculino para asegurar la continuidad del linaje.

Esta tradición continuó muy vigente hasta finales del siglo XX en estos países donde la actividad de las mujeres estaba todavía restringida a las tareas del hogar y al trabajo en el campo; no podían trabajar fuera, ni salir de sus pueblos solas. La costumbre del padre de la novia de dar dos balas al yerno en la boda para usarlas en caso de que la hija le desobedeciera o deshonrara, o el hecho de que las mujeres tuvieran para cenar las sobras de los hombres de la casa, dan muestras de la baja consideración que tenían; tener una hija era una inversión inútil, mientras que un hijo era un activo valioso, pues continuará el linaje y mantendrá los bienes familiares. Tener solo hijas era una vergüenza que debía ocultarse a la comunidad, de ahí que desde el nacimiento las familias decidieran criar a una niña como niño.

Esta tradición, aunque documentada durante siglos en las regiones del norte de Albania, en Montenegro y Kosovo, se empezó a conocer en la segunda mitad del siglo XX, generando en las últimas décadas un gran interés que se ha traducido en varios trabajos literarios, cinematográficos y de investigación antropológica y etnográfica.

Tras hacer un juramento de castidad ante hombres destacados de su comunidad, las vírgenes juradas, ‘burrnesha’, ‘virdžina’, ‘virgjinesha’ o ‘tobelija’, renunciaban a toda vida sexual y amorosa, a ser madres; se cortaban el pelo, se vestían como un hombre y asumían sus roles, durante toda su vida en la mayoría de los casos. Eran biológicamente mujeres y socialmente hombres.

A pesar del secretismo que existe sobre esta práctica, algunas de estas mujeres accedieron a contar su historia para la realización de los documentales y los trabajos de investigación. La albanesa Sanie, quien ahora vive en Nueva York, manifestó que en las montañas no tenía libertad para volver a vestirse de mujer debido a la presión social y a la deshonra que supondría para su familia.

Algunas, como Duni, Pashka y Drande, manifestaron haber «escogido libremente» vivir como hombres para tener más derechos, pero que también hubo mujeres que lo hicieron para evitar un matrimonio concertado no deseado. Romper una alianza era una afrenta para el honor de las familias que podía derivar en vendetta.

Stana Cerović, conocida como la última ‘virdžina’ de Montenegro, también afirmó haber decidido ser célibe toda su vida para no tener que obedecer a ningún esposo y permanecer en su casa con su padre. A la muerte de este, se convirtió en el hombre de la familia. Pasó los últimos años de su vida sola, haciendo lo que hacía desde los 7 años, trabajando en el campo, fumando y bebiendo aguardiente, como un hombre. Como la mayoría de estas mujeres, Stana nunca expresó arrepentimiento y siempre se enorgulleció de su identidad masculina. En 2016, las autoridades locales la trasladaron a una residencia, donde falleció.

Que el propio sistema patriarcal permitiera la creación de espacios de flexibilidad donde las mujeres pudieran ejercer roles masculinos, de poder, no cuestiona las bases del patriarcado ni empodera a las mujeres; al contrario, es otra forma de sumisión y sacrificio. Al elegir ‘ser hombres’ para ser más libres están aceptando la inferioridad de las mujeres. Aun así, fueron, y son, mujeres valientes que posiblemente han tenido mejor vida que la mayoría de sus coetáneas.

Todas las vírgenes juradas manifestaron que se sentían muy respetadas por sus comunidades, lo que contrasta con el hecho de que esta práctica se ocultara, se mantuviera como un secreto vergonzante durante muchos años.

En 2002, National Geographic estimó que solo en Albania quedaban unas 100 vírgenes juradas; en la actualidad, apenas quedan 10.

Y, aunque en los países balcánicos la situación de las mujeres haya mejorado, todavía hay muchos países donde persisten sistemas de tutela masculina, restricciones a la libertad de movimiento, educación y trabajo, y leyes que limitan los derechos fundamentales de las mujeres.

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