Opinión | Dulce jueves
Saborear o pensar
No discutimos para encontrar la verdad, sino para proteger nuestra identidad y sentir que pertenecemos a un grupo

Saborear o pensar
Nuestra primera reacción es instintiva, emocional. Nos gusta o nos desagrada, nos atrae o nos repele, nos tranquiliza o nos asusta, nos entusiasma o nos deprime. Como si estuviéramos obligados a saborear antes de opinar. Luego aplicamos criterios de conveniencia: nos es útil, nos interesa, nos beneficia o nos perjudica, etc. Y si acaso, en última instancia, nos distanciamos de nuestras circunstancias personales y nos esforzamos en ver las cosas con objetividad más allá de que encajen con nuestras ideas o las desbaraten.
Ahora se acaba de publicar un libro que corrobora esta idea de que nuestras opiniones no nacen de la reflexión, sino de los instintos. En el debate público solemos creer que somos jueces imparciales que analizan datos antes de decidir, pero la realidad, según expone Leor Zmigrod en El cerebro ideológico, es que funcionamos más como abogados que ya tienen el veredicto y solo buscan argumentos para defenderlo. Esto cambia nuestra idea de la democracia: significa que no discutimos para encontrar la verdad, sino para proteger nuestra identidad y sentir que pertenecemos a un grupo. Entender que nuestras convicciones son más un mecanismo de defensa que una elección lógica es fundamental para comprender por qué, aunque tengamos toda la información del mundo a un clic, nos cuesta tanto ponernos de acuerdo con los demás. Este libro plantea una verdad incómoda: rara vez estamos debatiendo ideas. Si nos ponemos tercos en una discusión no es porque seamos lógicos, sino porque tenemos miedo. Preferimos estar equivocados acompañados que tener razón estando solos.
Hannah Arendt ya identificó hace décadas el peligro que supone para el debate público aceptar estas premisas como inevitables o como terreno de juego de la política y la intervención en ella de intelectuales y periodistas. Arendt advirtió que nuestra convivencia está siempre en riesgo de ser dañada por la mentira organizada. Lo que hoy llamamos posverdad no es otra cosa que un escenario donde los hechos objetivos tienen menos peso que las emociones y las creencias. De esta forma, la realidad se rinde ante las sensaciones y la manipulación política. Buscamos dar un sentido a lo que nos pasa para sentirnos seguros en un mundo caótico. Por eso, somos más propensos a creer en ‘hechos alternativos’ que nos generen certidumbre, aunque sea a costa de la verdad.
Esta dinámica hace que sea muy fácil engañar a las masas. La mentira suele ser mucho más atractiva y creíble que la realidad, porque el mentiroso sabe de antemano lo que su audiencia quiere escuchar y prepara su historia para el consumo público. Y esto se vuelve peligroso cuando aceptamos que es inútil el esfuerzo del pensamiento crítico. El sujeto ideal para un gobierno totalitario no es el fanático, sino aquel que renuncia a la posibilidad de hallar la verdad. Es probable que nuestros instintos sean siempre nuestra primera reacción, pero el ideal de objetividad es lo que nos protege de ellos. Ese compromiso con la verdad, aunque sea difícil, nos salva de la manipulación y nos hace libres. Y se puede entrenar, como dice Zmigrod: «Ser flexible significa ver las evidencias, escuchar distintos puntos de vista y no deshumanizar al que no piensa como tú». La próxima vez que una noticia nos indigne o nos confirme lo que ya pensábamos, podemos preguntarnos: ¿estoy buscando la verdad o solo quiero satisfacer mis simpatías? n
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