Opinión | Erre que erre (rock ‘n’ roll)
Me porto bonito
Tras la actuación de Bad Bunny, tal vez no quede una canción que recordar, pero el mensaje emitido removerá las estructuras sociales

Bad Bunny durante su actuación este domingo en el Super Bowl en Santa Clara, California. / EFE/EPA/CHRIS TORRES
Remover conciencias o el mensaje de unión es una de las capacidades más importantes que contempla la música, trascendiendo por encima de barreras geográficas, culturales y lingüísticas, creando lazos sociales e incluso transformando incomprensibles divisiones en pro de respeto, comunidad y amor.
En este momento, existen muy pocos seres humanos sin la necesidad cuasi vital de hacer política. La vida les ha concedido el privilegio de la fortuna y, pudiendo permitirse una postura etérea, se posicionan bajo un compromiso social que es respaldo del más débil.
En mi círculo social, creo que muy pocos son los que se manifiestan como seguidores de un cantante puertorriqueño, multimillonario, influencer y reguetonero. Los mismos que, hoy, nos quitamos el sombrero ante él.
Han existido a lo largo de la historia actuaciones musicales de inmenso valor que se han convertido en hitos sociopolíticos, como el de Bob Dylan y Joan Baez en la marcha sobre Washington; y otras que han sido el reflejo de tensiones culturales, llegando a convertirse en himnos de unidad y cambio social, como lo fue la antológica God Save The Queen, de Sex Pistols.
Tras la actuación de Bad Bunny en la Super Bowl LX, celebrada el pasado domingo en California, tal vez no quede una canción que recordar, pero estoy convencida de que el mensaje emitido durante el medio tiempo del partido removerá las estructuras sociales de un sistema impuesto por los dueños corporativos de este mundo, y algún día se estudiará en las universidades como la disertación político-social suprema que ha sido.
Un ‘reguetonero’, alzando la versión azul celeste de su bandera, asociada al movimiento independentista de Puerto Rico frente a EE UU, ha puesto a medio mundo a bailar como forma de rebelarse ante los patriotas que dictan la guerra. El cuerpo, como única arma de resistencia cuando no se tiene nada.
Un reguetonero que no sabe cantar, ha contado en español, ante ciento treinta y cinco millones de personas que «Lo único más fuerte que el odio es el amor».
¡Oye papi, esas banderas ondeando unidas, quedaron bien bellas, estamos todos OLGULLOSOS!
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