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Opinión | Boulevard Flandrin

Ñamérica

Ñamérica no empieza en un mapa, sino en un gesto doméstico: buscar la ñ. En el teclado del móvil hay que sostener el dedo un segundo, apretando el vidrio. Parece una tontería hasta que recuerdas cuántas veces el mundo te cobra ese segundo: cuando una web no admite tu apellido con tilde. Y los peajes nunca son inocentes: son arquitectura ajena, un diseño en el que entras como visitante.

Martín Caparrós llamó ‘Ñamérica’ a esa fricción y la convirtió en atlas literario: la América en español que vive dentro y fuera de Estados Unidos, hecha de migraciones y acentos, una superposición de relatos bajo el mismo tejado. Y una de sus vigas es el castellano: no solo una lengua, también un modo de estar y de contar(se). La Super Bowl -qué sopor, por decir algo- la vi en la cocina: la cafetera bufando. Activé «Español (auto)». Todo salió planchado: tildes evaporadas, giros disciplinados. El algoritmo no yerra: normaliza. Y corregir, cuando se repite, educa. Enseña que lo aceptable es lo que no obliga a nadie a moverse. Ahí late el nervio, más político que lingüístico. Luego vino el estadio, la bandera, la emoción empaquetada. La Super Bowl es pedagogía nacional con nachos; esta vez, además, con menos cháchara MAGA.

Y, de pronto, Bad Bunny: perreando y algo más, con su cadencia y una lengua que en ciertos sitios suele entrar con escolta. Llegó como llegan las cosas que ya están en la casa y solo faltaba admitirlo. En casa apareció este comentario: «No se le entiende». Traducido: «No quiero esforzarme». Comprender implica redistribuir espacio simbólico. Si tú no te traduces, alguien debe desplazarse. «Tradúcete» suena a cortesía, pero suele exigir una desaparición de algo. Hay quien llama normal a lo que siempre ocupó el centro; pero el centro también es una construcción política, y se protege como se protegen los privilegios: fingiendo que no existen.

Son trece minutos; un show no cambia leyes. Pero redefine el perímetro de lo posible. La política no solo distribuye recursos: distribuye pertenencia. Decide qué suena a hogar y qué se etiqueta como intruso. Cuando esa fábrica de sentido se avería, lo común se terceriza en pantallas y el pop actúa como notario cultural. Por eso importa: porque puede contrarrestar esa ética de la crueldad que ya no se queda en Washington y llega hasta el portal de al lado de tu casa. La crueldad simplifica, y la simplificación moviliza, parece. Sospecha por defecto y castigo como espectáculo. Así la frontera abandona el mapa y se instala en la mirada. ICE, por ejemplo, no es solo una agencia: es una atmósfera, un modo de recubrir el mundo con miedo administrativo, de convertir al vecino en verificador y a la calle en aduana.

Si todo esto parece demasiado para un intermedio televisivo, pregúntenle al Partido Demócrata. Lleva años defendiendo causas razonables con un lenguaje incapaz de construir una mayoría emocional. Mientras tanto, una nueva generación intenta hablar de pertenencia sin pedir disculpas: Ocasio-Cortez, el nuevo alcalde de Nueva York y otras voces empeñadas en devolver el nosotros al espacio público. Apagué el vídeo y volví a la ñ, ese tejadito mínimo que insiste. Porque no es solo una lengua: es todo lo que la sostiene, la gente que la usa, la forma en que nombra el mundo y define sus sueños. Y mientras los demócratas buscan relato, Bad Bunny apareció en el centro del ritual como si alguien sacara un conejo de la chistera… solo que el conejo no era suyo.

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