Opinión | Desde mi picoesquina
La equidistancia de Don Arturo
El antídoto contra el revisionismo histórico consiste en sumergirse en la multitud de textos que sobre la Guerra de España se han escrito

Arturo Pérez Reverte y Jesús Vigorra, organizadores de las jornadas sobre la Guerra Civil. / EFE / José Manuel Vidal
Hace unos días se anunció la cancelación de la XI Edición Letras de Sevilla de la Fundación Cajasol. Con la organización del escritor Arturo Pérez Reverte y el periodista Jesús Vigorra, iba a versar sobre la Guerra Civil, con el subtítulo La guerra que todos perdimos. Estaban invitados el escritor David Uclés, reciente ganador del Nadal, y el coordinador federal de IU, Antonio Maíllo, entre otras personas. Pero, enterados de la presencia en la mesa de debate del expresidente José María Aznar y de Iván Espinosa de los Monteros, Uclés y Maíllo declinaron finalmente la invitación, como también lo hicieron otras personas. El cartel de las jornadas era infame y el título también, pues —coincido con el periodista Antonio Maestre— igualaba a golpistas y demócratas, a fascistas y republicanos y a víctimas y victimarios. La renuncia de Uclés fue duramente criticada por Pérez Reverte, afirmando que se ha desacreditado y no volverá a invitarlo al ciclo pospuesto para octubre al que Pablo Iglesias, invitado, ya ha manifestado que no piensa acudir.
Tengo claro que en Pérez Reverte —con el que, por cierto, coincidí en aquel bachillerato franquista en el instituto Isaac Peral de Cartagena— hay que deslindar su obra literaria de su posición política de ‘vocero’ de la derecha y propagandista del régimen franquista, con planteamientos que distan mucho de la objetividad con que hay que analizar los hechos históricos. Pareciera que el revisionismo histórico, reforzado por el trumpismo de allende el Atlántico, se dispone a sentar carta de naturaleza, cuando pensábamos que la historiografía de la Transición habría inoculado una vacuna contra ese revisionismo. No. La equidistancia que defienden los organizadores del debate aplazado no es real. La guerra no la perdimos todos. La ganaron claramente quienes apoyaron la sublevación cívico-militar del 17-18 de julio de 1936 y fue, desde su inicio, un plan sistemático y continuado en el tiempo de exterminio del oponente político, con el apoyo de un sector de la jerarquía eclesiástica, como lo demuestra el carácter de Cruzada que los obispos dieron, en su pastoral de julio de 1937, a la guerra contra la República.
Desde un mes antes de prosperar el golpe militar, el general Emilio Mola, el ‘director’ del mismo, declaraba su intención de que «la acción habría de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo», encarcelando a «todos los directivos de los partidos políticos, sociedades y sindicatos no afectos al movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas». El manifiesto, fechado el 5 de junio de 1936 en Madrid, concluía que «conquistado el poder, se instaurará una dictadura militar que tenga por misión inmediata restablecer el orden público, imponer el imperio de la ley y reforzar convenientemente al ejército». Iniciada la guerra, Franco, en su deseo de exterminar a sus oponentes, la prolongó conscientemente, para disgusto de su aliado Hitler, idea claramente expuesta por el hispanista Paul Preston, del que hablaremos abajo, en su excelente y documentada biografía del dictador.
El antídoto contra el revisionismo histórico que trata de atribuir la misma responsabilidad en el conflicto a los del bando golpista y a quienes (me niego a considerarlos ‘bando’) defendieron la legalidad republicana, consiste en sumergirse en la multitud de textos que sobre la Guerra de España se han escrito. Solo unos ejemplos. El laberinto español de Gerald Brenan es básico para conocer los antecedentes sociales y políticos de la Guerra Civil, como reza en el subtítulo; La guerra civil española, del también hispanista Burnett Bolloten, aunque con un planteamiento de cierta parcialidad anticomunista, ofrece profusa información del conflicto; por su parte, el también hispanista Paul Preston en El holocausto español no oculta información sobre la violencia en la zona republicana, pero desmonta los argumentos del revisionismo histórico y trata con bastante objetividad la mayor responsabilidad de los golpistas en el drama colectivo español del primer tercio del siglo XX.
Pérez Reverte debería saber que, aunque los excesos en la retaguardia republicana no deben ocultarse —algo que obedeció a la inestabilidad de los primeros meses pero que fue atajado rápidamente por las autoridades—, en el transcurso de la guerra cerca de 200.000 hombres y mujeres fueron asesinados por el ejército rebelde lejos del frente, ejecutados extrajudicialmente o tras precarios procesos legales, y al menos 300.000 hombres perdieron la vida en los frentes de batalla. Además, un número desconocido de hombres, mujeres y niños/as fueron víctimas de los bombardeos y los éxodos que siguieron a la ocupación del territorio por parte de las fuerzas militares de Franco.
En el conjunto de España, tras la victoria definitiva de los rebeldes a finales de marzo de 1939, alrededor de 20.000 republicanos fueron ejecutados (entre 1939 y 1975 el número de personas fusiladas fue de 50.000). Sumemos a ello los niños/as robados por el régimen y los bienes incautados a personas republicanas. Hambre, enfermedades y hacinamiento en las prisiones y campos de concentración y condiciones esclavistas de los batallones de trabajo eran cosa común. A más de medio millón de personas refugiadas no les quedó otra salida que el exilio, pereciendo muchas en los campos de internamiento franceses y en los campos de exterminio nazis en los que fueron considerados apátridas (’spanier’ era su denominación en alemán), gracias a los ‘buenos oficios’ de Ramón Serrano Suñer, aliado de los nazis. (La Región de Murcia aportó a esos campos 520 prisioneros, de los que sobrevivieron 235. Vid. mi artículo Con Paco Griéguez, La Opinión, 11-07-2017).
Don Arturo, como sé que le gusta que le llamen en las redes sociales, debería saber que la equidistancia, cuando se aplica sin matices, no es objetividad: es una forma elegante de no mirar de frente nuestro pasado, según nos recordaba el catedrático Roque Moreno hace unos días.
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