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Opinión | BOULEVARD FLANDRIN

Ya toca

Antes un niño movía la casa; ahora la casa se mueve sola, por miedo a no llegar. La ternura sigue ahí; lo que falta es el descanso. Lo que se ha puesto caro es la confianza: esa sensación de que el mundo no te va a pedir un justificante por sentir, de que la vida puede ocurrir sin pasar primero por una ventanilla invisible.

La noticia llegó bien. La pregunta llegó un poco movida: «¿Lo estabais buscando?». No se pidió el excel, pero casi, para argumentar aquello. La frase no ocupó espacio, pero cambió la temperatura de la mesa. El café tardó más en enfriarse, como si también no supiera, como este tiempo, qué hacer. Ese es el momento exacto en que una alegría se ve obligada a demostrar que merece quedarse.

¿En qué momento empezamos a hablarle a la vida como si fuera una devolución? La noticia quedó apoyada en el borde del plato, esperando a que alguien decidiera si era milagro o trámite. Y ahí se revela la lógica: no preguntamos para saber; preguntamos para calmarnos. Como si la felicidad, para ser legítima, tuviera que traer instrucciones: un plan, un margen, un ‘todo controlado’.

Por eso el lenguaje delata. El idioma pita justo donde fingimos normalidad. Hay palabras que nacieron para celebrar y han acabado sirviendo para blindarnos. Decimos ‘viable’ cuando en realidad estamos diciendo ‘me da miedo’. Llamamos normal a lo que no molesta demasiado. Y lo íntimo, que antes bastaba con sentirlo, ahora parece tener que justificarse. No se prohíbe nada, pero se duda lo suficiente como para que acabes explicándote.

Byung-Chul Han lo apunta en La desaparición de los rituales: «Los ritos transforman el ‘estar en el mundo’ en un ‘estar en casa’. Hacen del mundo un lugar fiable». Quizá por eso duele tanto esta época: porque hemos ido perdiendo el suelo de esos gestos que no pedían pruebas —la visita sin condiciones, el abrazo sin preguntas, el ‘enhorabuena’ sin letra pequeña— y los hemos cambiado por protocolos e ISO(s) inservibles. Menos casa. Más cheklist.

Nos dijeron que ser adulto era preverlo todo. No nos dijeron que preverlo todo cansa. Y ese cansancio no es solo privado, algo climático, digo. Vivimos como si alguien nos corrigiera por detrás, en rojo, incluso cuando acertamos. De tanto anticipar golpes, acabamos pidiendo permiso para dar una buena noticia; de tanto calcular, olvidamos aquello de la etimología de celebrar.

En ese contexto el miedo cambia de forma porque nos ordena. Ordena conversaciones, disciplina deseos, inventa fronteras y dramas. El ‘por tu bien’ es a veces un abrazo con guantes. Y cuando todo se vuelve precario, la democracia también se encoge. Los bichos democráticos no nacen del odio: nacen del cansancio, de la prisa porque algo —lo que sea— devuelva control. La prisa también es una posición política.

La sospecha se queda en los silencios bien colocados, en la pregunta que tranquiliza más de lo que comprende, en la costumbre de pedir credenciales incluso a lo frágil. Hasta una alegría doméstica acaba explicándose. Y cuando le pedimos explicaciones a la alegría, nos encogemos. La cucharilla deja de girar. Nadie dice nada.

Por eso, a veces, la única política decente cabe en una mesa: cambiar el gesto. No archivar la vida, acompañarla. No clasificar la alegría, cuidarla. Un abrazo no soluciona nada. Pero coloca el día en su sitio. No hace falta arreglar el mundo: hace falta que no se nos enfríe.

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