Opinión | Dulce jueves
La infancia como daño colateral

La infancia como daño colateral
En esto podríamos estar todos más o menos unidos. Pero ya veremos que no. Cuando el martes el presidente anunció que se prohibirán las redes sociales a menores de 16 años, les pregunté en clase a mis alumnos veinteañeros si estaban de acuerdo. Con muy pocas excepciones, dijeron que sí. Ellos saben —decían— el daño que las redes están haciendo a sus hermanos pequeños. También lo saben las madres, que llevan años reclamando protección para sus hijos. Cuando nadie parecía escucharlas, asociaciones como Adolescentes Libres de Móviles, con miembros de diferentes ideologías, religiones y niveles socioeconómicos, pedían un pacto social contra los móviles.
Sin embargo, es un tema tan urgente como complicado. Entraña dificultades técnicas sobre la verificación de la edad, dudas sobre su impacto real en la salud mental de los menores, desafíos sociológicos relacionados con la libertad individual y el comportamiento, y, sobre todo, conflictos de intereses ligados a la responsabilidad de las grandes tecnológicas que se benefician de contenidos dañinos y de la manipulación de algoritmos diseñados para favorecer la adicción. Aunque la protección de los menores es lo más evidente, en el fondo está la capacidad política para imponer límites a quienes dominan el ecosistema digital.
Se podría decir que la salud mental de los adolescentes es el daño colateral de un sistema dominado por una tecnología fuera de control. La vulnerabilidad tecnológica de los ciudadanos y de los Estados es el gran problema de nuestro tiempo. Proteger a los menores significa proteger a los futuros ciudadanos de una tecnología que nos vuelve esclavos. Esclavos de la gratificación inmediata, de la distracción permanente, de la incapacidad para sostener la atención o soportar el silencio y el aburrimiento. La tecnología reduce la tolerancia a la frustración, debilita la empatía, empobrece el lenguaje emocional y dificulta la construcción de una identidad sana fuera de la mirada ajena.
La evidencia científica lleva tiempo documentando que el cerebro es vulnerable a las mecánicas de diseño de las redes sociales. Como dice la psiquiatra Anna Lembke: «El teléfono inteligente es la jeringuilla moderna que administra dopamina digital a una generación conectada». El menor ya no usa el móvil para entretenerse, sino para corregir un desequilibrio químico que le impide disfrutar de cualquier otra actividad cotidiana. El ‘scroll’ infinito, la reproducción automática de vídeos, las notificaciones intermitentes o los filtros de belleza ficticios anulan la capacidad de autocontrol.
Así, la tecnología nos convierte en siervos digitales del grupo de corporaciones que controlan datos, algoritmos y plataformas. Un poder invisible que invierte más dinero en grupos de presión que los sectores farmacéutico, automovilístico y financiero juntos. Por eso este no es un debate sobre Pedro Sánchez, ni sobre la izquierda o la derecha, ni sobre si el Estado debe ser más o menos intervencionista. Es un problema que nos incumbe a todos y es lo suficientemente serio como para afrontarlo sin batallitas ideológicas. Está en juego el presente de los adolescentes y el futuro de todos. Si no somos capaces de ponernos de acuerdo en algo así, quizá el problema no sean las redes, sino nosotros.
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