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Opinión | +Mujeres

No soy una bruja

Cartel de la exposición

Cartel de la exposición

Desde la Edad Media, a las mujeres consideradas diferentes se las estigmatizaba bajo el nombre de brujas, llegando a ser quemadas en la plaza pública durante la Inquisición. No se trataba de un problema religioso, sino que esa práctica de la exclusión y eliminación tenía profundas raíces sociales y patriarcales, encaminadas a destruir el poder de las mujeres. Porque las mujeres siempre han sido sanadoras, fueron las primeras médicas y anatomistas de la historia occidental. Sabían realizar abortos y actuaban como enfermeras y consejeras; fueron también las primeras farmacólogas con sus cultivos de hierbas medicinales, cuyos usos se transmitían unas a otras. Pero la historia las borró de la ciencia, y el poder masculino les sustrajo su papel social para someterlas, con el argumento de que su saber no provenía de la observación de la naturaleza, sino de mantener tratos con el diablo.

Anteriormente sinónimo de mujer sabia y sanadora, aquellas que poseían los secretos de las hierbas, la palabra bruja se convirtió en un término peyorativo alrededor de 1468, cuando el clérigo alemán Heinrich Kramer publicó El martillo para las brujas, un tratado medieval sobre cómo cazar a las mujeres que él consideraba moralmente corruptas. Bruja pasó de designar a las mujeres temidas por su saber, a insulto misógino. En nuestros días, el término bruja ha sido reivindicado por el feminismo como sinónimo de las mujeres libres, en homenaje y memoria de nuestras antepasadas.

Desde hace unos años, también la literatura y el cine han recuperados algunas historias de brujería para intentar contarnos la verdad, como sucede en la película de Pablo Agüero Akelarre (2020), que nos muestra la persecución y el proceso que la Inquisición emprendió contra unas adolescentes del País Vasco, acusadas de brujería por ser vistas mientras bailaban en el bosque.

En el año 2004, la historiadora feminista Silvia Federici publicó su influyente libro Calibán y la bruja, donde demostraba cómo la persecución de las brujas de los siglos XVI y XVII fue una campaña estatal y eclesiástica para controlar y disciplinar los cuerpos de las mujeres; mujeres cuyo saber tradicional se oponía al saber oficial de la medicina, que quiso aumentar su poder controlando la vida y la muerte, tránsitos que anteriormente eran atendidos por ellas. Para Federici la caza de brujas fue una herramienta política que reestructuró el papel de la mujer en las relaciones familiares, la división del trabajo y la subordinación que sufrieron a partir del desarrollo del sistema capitalista hasta nuestros días.

Dos siglos después, en el XIX, las mujeres díscolas, las adúlteras, las inconformistas, las poetas, las nerviosas, las incómodas, eran calificadas de «histéricas» y recluidas en hospitales psiquiátricos o en residencias médicas, donde se las curaba inmovilizándolas y proporcionándoles una alimentación basada en el consumo de grasas que las hacía engordar y, supuestamente, les ayudaba a restablecer la cordura, como sucedía en las clínicas del tristemente ilustre doctor S. Weir Mitchell, tal y como nos cuenta en su famoso relato, El papel amarillo, Charlotte Perkins Gilman, quien sufrió en sus propias carnes el famoso tratamiento. Se les prohibía, además, leer, sujetándolas a la cama con correas de contención. A ellas, que querían correr, y que huían, precisamente del confinamiento en un rol que las encarcelaba.

En los manicomios de Europa se hacinaban a las mujeres consideradas diferentes, enfermas o, simplemente, perseguidas por la codicia familiar. La ausencia de poder legal y el sometimiento a la tutela del marido o de los hermanos las convertía en víctima fácil. El caso de la célebre escultora Camille Claudel, jovencísima y talentosa alumna y amante de Rodin, es el más conocido entre nosotros por la crueldad con la que su familia la recluyó en el psiquiátrico de Montdevergues. Aunque Camille se recuperó de sus crisis nerviosas, y las cartas que le envía a su hermano, el escritor Paul Claudel, nos muestran a una persona cuerda que suplica con insistencia para que la saquen allí. No lo logró, sino que permaneció encerrada treinta años, hasta su muerte en 1943. La maestría de su trabajo y su influencia sobre la obra de Rodin son hoy ampliamente reconocidas.

Pues bien, aunque parezca mentira, en el norte y el oeste de Ghana, en pleno siglo XXI, cientos de mujeres son perseguidas acusadas de brujería, son agredidas, expulsadas de sus hogares y recluidas en campamentos improvisados sin apenas condiciones para sobrevivir, sin agua potable, alimentos ni atención médica. Hay hasta cinco de estos campamentos en el país. Se trata de mujeres pobres, ancianas, con poca formación o alguna discapacidad, aunque, como ha investigado Amnistía Internacional, también de aquellas que se atreven a desafiar los roles tradicionales de género: mujeres solteras, exitosas o diferentes. Las acusaciones de brujería se originan a veces en la propia familia, movida por los celos, la envidia o porque han dejado de ser útiles.

Para Amnistía Internacional, la ausencia de una ley que criminalice estas acusaciones, junto a la falta de una campaña de sensibilización nacional y de apoyo a estas mujeres desprotegidas, perpetúa el problema. Para apoyar la campaña de Amnistía Internacional, y exigir al gobierno de Ghana que proteja a las víctimas y actúe para prevenir la violencia y la exclusión a la que son sometidas, puede firmarse esta petición: www.es.amnesty.org/actua/acciones/ghana-mujeres-brujeria-abr25/.

En Cartagena, la asociación ha organizado junto a Cartagena Piensa una exposición fotográfica, No somos brujas, con el objetivo de visibilizar el tema. La muestra puede visitarse en la planta baja de la UNED (C/ Ingeniero de la Cierva, 28). Se trata de un conjunto de fotografías que reflejan el rostro de las mujeres estigmatizadas y perseguidas en Ghana, acusadas de brujería por su comunidad. La exposición puede visitarse gratuitamente del 2 al 27 de febrero, de 9:00 a 21:30 horas.

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