Opinión | Pan para hoy
Murcianos de dinamita
No se ha quedado mala semana para ser murciano. Carlicos se pasea en tierra de canguros y el CB Murcia tumba al Barça por un punto tras un triple épico que detuvo el tiempo. Tuve la suerte de estar en el Palacio, de donde salí hecho pedazos por la tensión acumulada y los zarandeos entre vecinos de grada.
Estuve esperando a que mi padre finalizase lacobertura y desmontase la jungla de cables que dispone cada fin de semana. Ya solo quedaban los operarios y algún percusionista de teclas que mantiene en vilo a la redacción antes del cierre. «El UCAM de los sueños increíbles», titulaba José Pablo Guillén para este diario. Tampoco se equivocaba al decir que «al equipo murciano le encanta seguir bailando entre gigantes». Este equipo baila. Algunos dicen que baila mal, a empujones, pero bailar, baila.
Sus jugadores han cogido un vicio esta temporada: después de cada partido, pase lo que pase, se confinan en el gimnasio para levantar hierro. Al aficionado le gusta ver cómo los suyos se comprometen, pero estoy seguro de que esta noticia ha sido recibida con menos algazara en los hogares afectados. Haciendo tiempo estaba Jennifer, la pareja de Howard Sant-Roos. El atleta cubano es un jugador delicioso. Además, lleva puesto un reluciente diente de oro, lo que refuerza en él eso que los zagales llaman aura. Pero sigamos con Jennifer. Consultaba su teléfono mientras esperaba a que el número ocho terminase de ejercitarse.
Nathan Sant-Roos tiene solo tres añitos, aunque parezca imposible por su altura y la gracilidad con la que se entretenía lanzando a canasta una y otra vez. Me dieron ganas de sacarle una servilleta como a Messi. Solo me frené porque no tenía claro si los chiquillos a esa edad saben echar una firmita.
Mientras correteaba por la cancha, resbaló y besó la lona. El muchacho se descubrió solo, porque su mamá estaba muy cerca, pero no la localizaba, y se dio cuenta de que no tenía a quién llorarle. Se aferró al primer abrazo que pudo, en este caso el del delegado del club, José Antonio Pangua, que terminaba de arreglar el desaguisado que deja una cuadrilla de elefantes tras dos horas en un banquillo. Hasta que no le alcanzó, no empezó a lagrimear, aunque fuera solo tímidamente. Él le señaló a su madre. Cuando recibió el abrazo de mamá pudo llorar con algo más de desahogo. Después llegó su padre y se tranquilizó, porque puede que le doliese un poco, pero se acordó de que acababa de ganarle al Barcelona. Cuando se aprende a bailar puedes caerte.
El jovencito Nathan crece en la tierra de Alcaraz: aunque sea por contagio, también acabará siendo un murciano de dinamita.
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