Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Pasado a limpio

Bárbaros y barbarie

Milei y Trump

Milei y Trump

La palabra bárbaro proviene del griego y nos llega tamizada por el latín. Originariamente designaba a los persas, porque el vocablo es una onomatopeya que remeda despectivamente el habla de aquellos –bar bar–, pero luego se aplicó a los extranjeros regidos por un autócrata o carentes del sentido de ciudadanía -en el imperio persa había súbditos, no ciudadanos–.

Sea por la escasa simpatía que los griegos tenían por los persas, o por lo mal que hablaban el griego, el vocablo adquirió connotaciones despectivas. Así, bárbaros son los incultos que no hablan la lengua de la razón, del logos. Para los griegos, los romanos eran bárbaros, a pesar de lo cual, el vocablo pasó al latín con las notas negativas y así, herederos que somos de aquéllos, hablamos de las invasiones de los bárbaros para contar la decadencia y caída del imperio romano. La medida del chovinismo griego nos la da el poeta latino Horacio cuando dice Graeca capta ferum victorem cepit, la Grecia conquistada conquistó al fiero vencedor.

Hay una reacción atávica, tribal, ante el extranjero, sea porque habla otra lengua o porque es torpe al hablar la nuestra, tal vez porque en sus facciones étnicas no reconocemos las propias de nuestra tribu. Pero no basta con el primitivismo y estas razones antropológicas para explicar el desprecio al inmigrante, porque los inmorales son capaces de argumentar y construir falacias: que consumen nuestros recursos, que colapsan nuestros servicios públicos, que nos quitan el trabajo, que están subvencionados con pagas no contributivas, que si pagan menos impuestos, que generan delincuencia... hasta hay quien dice que conocen nuestros derechos mejor que nosotros, lo que demuestra una incompetencia propia indigna de cualquier ciudadano que se precie.

Datos de los ministerios, del INE o la SS, estudios sociológicos o económicos de reputadas instituciones desmienten todas esas falsedades. Pero si lo dice un ministerio, es que forma parte del Gobierno; si el Banco de España, porque su director está nombrado a dedo; si Cáritas, porque está a favor de los inmigrantes; y si lo dice una fundación de estudios bancarios, directamente no saben lo que dicen. Todos están equivocados, menos los de la cáscara amarga, los odiadores profesionales, que cuentan mentiras fáciles de creer, porque identifican a un chivo expiatorio de nuestras penurias y calamidades.

Que la inmigración genera delincuencia y que las cárceles están llenas de inmigrantes. ¿No serán las condiciones miserables de vida? No se hacinan en ellas los especuladores financieros, ni los banqueros que estipulan cláusulas abusivas que lastran nuestras hipotecas, ni los explotadores laborales que se aprovechan de las necesidades de otros, ni los delincuentes de cuello blanco que roban sin fracturar cerraduras. Quienes ocupan las celdas no son los capos que habitan estupendas mansiones, manejan los grandes alijos y blanquean su dinero usando los recursos legales del sistema. El sistema penal reprime a los delincuentes de poca monta, pero apenas toca a los grandes.

Si es la iglesia la que pide la regularización de inmigrantes, le recriminamos que se inmiscuye en lo que es del césar, pero si el obispo de Oviedo dice que no cabemos todos, los fieles no abandonan su iglesia ni le recuerdan el Evangelio de San Mateo: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí». Aimar Bretos lo rebate con un argumento ecuménico: todos cabemos en el Reino de los Cielos, pero no en España.

Si la regularización la hace un gobierno de izquierdas es porque quieren aumentar el censo para que le voten. Lo dice Feijoo, que sabe que es mentira, porque no podrán votar mientras no tengan la ciudadanía española. Pero si la regularización la hace un gobierno de derechas, como las tres que hizo Aznar, entonces no hay efecto llamada. Además, cuando la consigan, probablemente la mayoría vote a un partido conservador. Que se lo digan a Donald Trump, que ganó las elecciones gracias al voto inmigrante, pese a mostrar su odio a todos ellos.

El odio al inmigrante es tan fuerte que no hay razón, argumento ni moral que lo contenga y se propaga hacia quienes lo pretenden impedir. La policía de inmigración norteamericana mató dolosamente a dos ciudadanos estadounidenses de raza blanca y etnia anglosajona. Curiosamente los dos agentes del ICE que mataron a Alex Pretti tienen apellido hispano, Gutiérrez y Ochoa, quod erat demonstrandum.

Es curioso que líderes como Trump o Milei sean hijos de la inmigración, como son fruto de ella las naciones que representan. Son la viva representación de la identificación tribal y de la radicalización de quien desprecia sus orígenes.

«Nadie es ilegal en tierras robadas», dijo Billie Eilish en la ceremonia de los Grammy. Quien conoce mínimamente la historia de Estados Unidos no necesita más explicación. Miremos nuestro país: iberos, celtas, romanos, godos y musulmanes vinieron de fuera e hicieron suya, nuestra, esta tierra. También emigraron nuestros paisanos, unos para hacer las américas, otros a Europa en los tiempos duros. No caigamos en la barbarie, pues no hay quien no tenga en sus venas apellidos de tierras distintas a las que le vieron nacer. ¿Vamos también a renegar de nuestros ancestros? n

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents