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Opinión | Salud y rock and roll

@la_unzu

«Murcia no es un lugar, es un síntoma (incluso en Barcelona)»

«Murcia no es un lugar, es un síntoma (incluso en Barcelona)».

«Murcia no es un lugar, es un síntoma (incluso en Barcelona)». / Pinterest

La sensación de viajar me provoca euforia por nuevos estímulos, me conecta con una parte de mí que me cae bien. Viajar a donde sea, por cerca o lejos que esté, nos da esa libertad necesaria de romper la rutina y refrescarnos mental y emocionalmente. Empecé el año teniendo claro que es tiempo de encontrarse, de no posponer planes, no decir «vamos hablando» y decir «voy a verte». Un aperitivo y dos cócteles después, tres vividoras estábamos cerrando nuestro primer viaje del año. Las probabilidades de coger un vuelo desde Murcia a cualquier lugar eran escasas, pero ahí estaba con dos amigas subiendo a un avión cuyo nombre era ‘Hasta la pista, baby’ (en tu cabeza suena la banda sonora de Terminator II) con destino a Barcelona.

Dos horas más tarde arrancaba un divertido viaje que resumo así: Bodega del Vermut, Marc decía que era como entrar en la Costa Brava. El bar está lleno, queda sitio en la barra, junto a un tipo silencioso; en mi cabeza es irlandés. En la segunda ronda se produce el hermanamiento con Fernando, dueño de la bodega. Han cazado el acento de una de nosotras (nunca soy yo). Fernando hizo la mili en Alhama de Murcia, nos saca un chorizo picante y unas gildas deliciosas. El tipo de la barra se acerca, se llama Antón, es catalán de origen danés; en Alhama de Murcia reventó un Renault 12, camino de cruzar el Sáhara. Se va. Ikoya Izakaya, un japonés, pedimos Luis Pérez y sake; no sé cuántos uramakis de anguila me tomé, pero no fueron suficientes.

Lo del helado de sésamo negro, mi nueva droga. El bar que hizo replantearme mi lugar de residencia, Bar Manchester, en la barra Javier, pelo largo, bigotazo, joven, tatuajes old school, buena gente. Dos rondas de tequila y cócteles varios después, una vez estuvo comiendo en Murcia y después en la Cueva del Lobo. De madrugada, por las calles del Gótico, dimos un paseo, brindamos con sake en la plaza de San Felipe Neri; se notan los impactos de metralla en la fachada de la iglesia. Y llegó el sábado; me encanta juntar gente que no se conoce.

La Barceloneta, el barrio elegido. El bar La Electricitat, la primera parada y para desayunar una bomba. Todo eran señales. Después, al Lokillo, tienen torreznos, es el sitio, hasta que empieza un señor con una guitarra a cantar por Ketama. Huimos a La Peninsular; llovía, al entrar una pareja. A primera vista, era una cita Tinder; lo que ocurrió después te sorprenderá. Teníamos reserva; salir con amigos que son monitores de campamento y lo tienen todo organizado es una suerte.

El combo de gente que no se conoce lleva varias rondas de vermut y cerveza. Ahora toca vino, hay flechazos de amistad y muchas risas. Mientras sigo observando a la pareja desde lejos, quizás ya no pienso que son cita Tinder. Una pareja de alemanes que se acaba de marchar nos odia, somos muy ruidosos. Acabo sentándome con ellos; no son cita Tinder, no les gustan las apps. Son pareja. Es bonito cómo se miran; él sonríe todo el rato. Nos vamos al bar de Leo. Un bar lleno de personajes, no desentonamos.

Otra vez el de la guitarra por Ketama; debe sacarse un buen dinero los sábados. Más cerveza y sigue lloviendo, pero da igual. Estamos felices; aún queda un concierto. El grupo se separa: las de fuera, Marc y Jemima, uno de mis descubrimientos más geniales de los últimos tiempos, rumbo a ver a Alcalá Norte; por el camino descubrí quién era Eladio Carrión.

Adrián nos pide fuego; sus abuelos son de Blanca (Murcia). Me da una calada del peor porro liado de la historia; nos hacemos amigos de Twitter. Vemos a Rayuelo; suena La vida, Cañón y 10k. El plan es seguir; llegamos a un parking. Es como la película Dentro del laberinto, escaleras que suben y bajan; no encontramos un baño.

«Del tuiter al water», dice Jemima, mientras lloramos de la risa. Un escondite, una meada de elefanta y una pillada eran todo lo que necesitábamos para que nuestra amistad no se rompa jamás. Acabamos cenando al lado del Baghdad. Salchichas gigantes, mucha mostaza y cerveza son el cierre perfecto. Amanece un domingo soleado; un paseo por la playa y aperitivo en la fábrica de Spinaler, mi fantasía hecha realidad. Hacemos la fotosíntesis comiendo mejillones y butifarra. Acabamos hablando de las relaciones, cómo las huyo mientras los demás las aceptan y las esperan. Todas las cabras pueden ser unicornios, hay que decirlo más. Moraleja: No hay lugar donde no te encuentres alguien que tenga algo con Murcia. A todos los protagonistas, gracias por no posponer la vida. Seguimos. 

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