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Opinión | El retrovisor

María Sarmiento

La Estación del Carmen en los años sesenta.

La Estación del Carmen en los años sesenta. / L. O.

Enero se despide con ventoleras, aquellas que se llevaron a María Sarmiento cuando trataba la pobre de aliviar su retortijón. Vaya con Dios, enero, el que nos dejó una tragedia ferroviaria para la historia y paisajes nevados en casi toda España gracias a la borrasca Kristin. Qué imaginación la del que bautiza a temporales, tempestades y borrascas. Kristin me suena a protagonista de película erótica, de aquellas de los ochenta como Emmanuel o Madame Claude. En aquellas sesiones de tarde del cine Rex, en las que sólo había señores tragando saliva, con los ojos fijos en la pantalla, sin un modesto parpadeo.

Madame Claude vivió una deliciosa aventura con un señor desconocido, al que nunca le vimos la cara, en el pasillo de un tren expreso mientras ella jadeaba admirando la campiña francesa. Sí, entonces existían menos prisas, los trenes iban más despacio y aún existía la sana costumbre de invertir en el mantenimiento de las infraestructuras ferroviarias, que convertían al tren en un medio de transporte seguro y confortable. En los trenes se compartía fiambrera, provista de la insustituible tortilla de patatas, los filetes empanados y el conejo con tomate. Los viajes se hacían cortos no por la velocidad, sino por las nuevas amistades que surgían en aquellos trayectos a través de los campos de España, con sus pequeñas estaciones y apeaderos.

Puesto a elegir, me quedo con aquellos trenes de finales de mi añorado siglo XX. Repudio la alta velocidad del siglo XXI y las prisas estresantes que no dan tiempo ni a saborear el tradicional bocadillo de tortilla francesa. Tampoco me gustan las borrascas con sofisticados nombres propios. En otros días se les llamaba eso, temporales de frío, viento y nieve. Ni tan siquiera se las denomina con nombres populares como borrasca Telesforo, ni borrasca Eustaquia, ni borrasca Adelita. Siempre nombres sensuales para el granizo y la ventolera.

Es por ello por lo que quiero reclamar el nombre de María Sarmiento para una borrasca invernal, honor ganado a pulso desde la oscuridad de los tiempos, sobre todo ahora que llega febrero, mes siempre imprevisible en cuanto a la meteorología. Aunque, puesto a pensar, hoy en día, todo carece de previsión; nada es fiable, ni tan siquiera el amor, tan unido a febrero gracias al santo Valentín. Un mes que tiene prisa y que, podemos afirmar, perturba a los metódicos y previsores. Febrero es tan poco fiable como el gobierno de Pedro Sánchez, en el que nada es lo que parece sino todo lo contrario. A febrero se le llama loco, en un tiempo donde los orates campan por doquier. Con todo, febrero es un mes ingrávido, que flota llevando a su paso como una síntesis de todos los meses del año: las borrascas y nieves del invierno y, con suerte, también un incipiente sol de primavera. Los primeros brotes de la naturaleza que pugna por renacer y, asimismo, las primeras decepciones del año, algo a lo que desafortunadamente estamos acostumbrados un día sí y al otro también.

Años de desgracias: erupciones de volcanes, inundaciones, tragedias ferroviarias, pandemias. La tragedia ha hecho acto de presencia en España en los últimos tiempos. Habrá que pensar en algún gafe que habla de progresismo, de un presidente de gobierno que ni tan siquiera asiste a los funerales de las desafortunadas víctimas de trenes accidentados. No todo es política, no, también existen el alma y el corazón. Lejos quedan aquellos días de paz y bonanza, de aquellos tiempos sin prisas con viajes a Madrid portando en el tren Taff o Ter, el consabido pastel de carne o las pastillas de café con leche de Alonso con las que obsequiar a médico y familiares, las mismas que nos abrían puertas en la Villa y Corte. Trenes como ‘El Catalán’ que nos llevaban a Barcelona, o el ‘Tren Correo’ con sus coches-cama. El chachachá del tren dio ritmo a nuestros viajes, letras a viejas canciones: despedidas, amores y olvidos.

El apeadero de Murcia del Carmen siempre mantuvo sus pacíficos aires provincianos con efluvios de orines, de galeras y azahares, un cóctel que invitaba a viajar y a perderse por esos mundos de Dios. Subir a un tren ya nunca será igual; la velocidad que nos acerca en menos tiempo al destino tendrá un halo de desconfianza y de temor. Los viajes serán tan imprevisibles como lo es febrero con su meteorología. Qué pena.

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