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Opinión | Nos queda la palabra

Milana bonita

Paco Rabal en 'Los santos inocentes'

Paco Rabal en 'Los santos inocentes' / L.O.

Por menos de 15 días no coincidieron las elecciones extremeñas y la proyección de Los santos inocentes que realizó la Filmoteca Regional de Murcia para conmemorar el centenario de nuestro Paco Rabal. En ambos escenarios se repitió la figura del cacique a caballo sobre la dehesa patria de encinas y alcornoques, con igual reconocimiento e, incluso, aplauso. En la novela de mi Delibes, sin embargo, el señorito acaba de forma distinta a lo que, muchos años después, lo hace en las urnas.

Estremece pensar qué le hubiera ocurrido tanto al católico vallisoletano como al comunista murciano de haber escrito e interpretado, en pleno 2026, una obra como la que narra la dura historia de Azarías, Paco y Régula y, por supuesto, la niña chica. Serían bombardeados por el odio en redes sociales como mínimo, sin establecer máximos, pues aún fallecidos han sido varios los ayuntamientos, incluyendo el de Albudeite, los que han intentado borrar el nombre del actor aguileño de plazas, calles y centros culturales.

Humanistas se definían ambos. Un término, sin duda, ‘woke’ para unos mandatarios de la extrema derecha que no sólo se han bajado del caballo sino que cabalgan a favor del viento y a la sombra de los dictados de Estados Unidos, tan patriotas ellos.

Da terror pensar que la película maravillosamente dirigida por Mario Camus sería considerada ahora como revolucionaria por poner en evidencia la injusticia social, a los caciques que hoy comandan la regresión.

Los que echan de menos los chistes zafios y las burlas de todos aquellos que, a su juicio, son diferentes son los mismos que censurarían ahora los valores y el mensaje que tanto las páginas como la pantalla proyectan de una de las obras cumbres de la narrativa en castellano.

Hora es de despertar. De proteger a nuestra milana bonita, una democracia que se sustenta en la igualdad y en la esperanza, donde la ley del más fuerte o el más poderoso no rige en toda su brutalidad.

Ellos, Delibes y Rabal, lo agradecerían. Tanto como lo temerían aquellos que, ni antes ni ahora, son inocentes.

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