Opinión | De dioses y de hombres
El hombre del desasosiego

Una de las obras en la exposición de Lidó Rico en la iglesia de la Compañia de Caravaca, en 2025. / Mónica López Abellán
Ya saben que el arte contemporáneo está marcado por una mezcolanza de distintas disciplinas, una fusión de técnicas y recursos que, en muchas ocasiones, desconcierta; incluso a personas versadas en arte. A comienzos de siglo XX, el cubismo, principalmente, hizo saltar por los aires conceptos que estaban firmemente asentados en la historia del arte, especialmente en la pintura, desde el Renacimiento. Después vendrían otras muchas vanguardias y artistas que, progresivamente, dinamitaron postulados y plásticas seculares, creando una nueva polisemia en el mundo de la creación artística, una nueva forma de mirar el arte sin precedentes. Suelen muchos críticos de arte tomar la simbólica fecha de 1968 para hablar del fin de la modernidad y marcar el nacimiento de la posmodernidad. No somos modernos, somos pues, en todo caso, posmodernos. Y esto nos ofrece un abanico tan amplio en el campo artístico como la propia complejidad del mundo que nos rodea y en el que estamos inmersos.
Determinadas y célebres travesuras, de la mano de algunos icónicos artistas del siglo XX, fueron abonando el terreno para replantear qué puede ser arte. Cómo no recordar a Marcel Duchamp con su urinario convertido en controvertida escultura: La Fuente, de 1917. O las perfomance y postulados teóricos del alemán Joseph Beuys con su concepto de ‘escultura social’ y su conocida frase: «Todo hombre es un artista», con la que expresa su concepción de arte para todo proceso creativo realizado por el ser humano, viendo en ello una capacidad para ‘sanar’ y modelar a la sociedad.
Me suele interesar casi cualquier manifestación artística, diversas y plurales en sus manifestaciones. Tengo una fuerte admiración por colegas artistas que realizan imaginería al modo del siglo XVIII y por otros que realizan fotografía experimental, video arte o esculturas con desechos. Con muchos de estos me une una gran amistad y valoro la sinceridad y búsqueda creativa de cada uno de ellos según su visión del mundo y de la belleza. Bien es cierto que, mi cabeza, romántica y un poco anacrónica, disfruta, especialmente, con periodos artísticos y obras de arte de un marco temporal lejano. Encuentro en ello un gran disfrute y me doy cuenta que suelo tender hacia ello, pero no siempre es así. Dentro de estos intereses, cronológicamente más cercanos, está la obra de un artista murciano que nunca me deja indiferente. Un hombre de reconocida trayectoria, profunda fuerza expresiva y una siempre nueva versión sobre el hecho creativo lleno de sutiles referencias. Me refiero al conocido José Ramón Lidó Rico (Yecla,1968). Un artista plástico versátil, siempre sorprendente y que tiene la capacidad de saber contar historias —magistralmente bien— a través de su obra. No lo conocí personalmente hasta el año pasado, en la desacralizada iglesia de La Compañía de Jesús de Caravaca, durante una visita guiada por el propio artista a la gran exposición que realizó con motivo del Año Jubilar caravaqueño. Mi mujer —que sabía de mi interés por conocerlo y por poder recorrer de su mano la exposición que unas semanas antes habíamos visitado en familia— facilitó la coyuntura. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de la enormidad del artista, pero también de la gran calidad humana que lo envuelve. Lidó Rico ha trabajado con su cuerpo para infinidad de proyectos. Su creación está llena de esa anatomía viva y mutable que nos lleva hacia los interrogantes primeros del ser humano, en la propia piel que lo envuelve, que nos envuelve. Un desasosiego existencial que se hace universal al reflexionar sobre el hecho religioso o acerca del grito atávico que todos llevamos dentro.
Hace apenas un par de meses, el artista presentaba el mural con el que homenajeaba los 1.200 años de la fundación de Murcia. Nuevamente, me sacudió, fuertemente, lo realizado por el yeclano. Ese abigarramiento de rostros, manos y gestos llenos de un latir vital, de una lucha de nacimiento, muerte y mixtura, me resultó fascinante. Lleno todo ello de un gran lirismo y belleza, algo que no siempre sucede en el arte de nuestros días. En la obra de Lidó Rico están muchas de las cosas acontecidas en el arte del siglo XX, de esa nueva forma de hablar —externamente— para sacudir e interpelar al interior de los hombres y mujeres del siglo XXI. Acaba de finalizar el periodo expositivo del mencionado mural, Murcia: piel y memoria, en el palacio Almudí; parece ser que será expuesto de forma permanente, a partir de ahora, en la Cárcel vieja. Acérquense a contemplarlo, venzan —si lo necesitan— reticencias hacia el arte contemporáneo. Sumérjanse en la obra de uno de nuestros artistas más importantes y busquen —entre los seres que lo pueblan— su propio rostro.
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