Opinión | ESTE HUMANO DESORDEN
¡Qué desastre!

Imagen del padre del autor / L.O.
Mi padre fue un hombre de la huerta. Ser un hombre de la huerta no era solo un relato biográfico o una profesión, sino una manera limpia de estar en el mundo. La huerta te enseñaba antes que nadie, incluso antes que la escuela. Aprendías a mirar el cielo, a meter las manos en el agua, a oler la alhábega , a tratar con cuidado los insumos, a distinguir la tierra fértil de la tierra yerma o cansada. El tiempo entonces no se medía con relojes, sino en sombras, soles y cosechas. El día empezaba muy pronto y terminaba cuando el agotamiento vencía. El hombre de la huerta trabajaba sin épica ni rencor. No elogiaba el esfuerzo, simplemente lo hacía. La honradez no era solo una palabra, era una costumbre que sabían tener, a la manera de eso que dijo Borges sobre la muerte: «La muerte es una costumbre que los hombres sabemos tener». La honradez y la palabra dada se cumplían simplemente porque así eran las cosas.
El hombre de la huerta
El hombre de la huerta vivía expuesto al sol, al frío y a la lluvia. Sabía perder una cosecha sin blasfemar y comenzar de nuevo al día siguiente. Nunca esperaba aplausos ni alabanzas, solo que la tierra respondiera. Ser uno de aquellos hombres era aceptar que se pertenecía a algo más grande que ellos mismos: a la tierra, a los ciclos de la Naturaleza, a la familia, al paso lento de las estaciones. Y cuando uno de ellos moría, se iba también con él esa manera callada y sólida de sostener el mundo con los brazos.
Para mi padre entonces, el sol no era una amenaza ni una metáfora, era casi un compañero de trabajo, una bendición que le había dado en la cabeza durante décadas con la paciencia feroz con la que el tiempo hace esas cosas. El sol no preguntaba y mi padre tampoco se escondía de él porque le ayudaba a sacar adelante los sementeros, los hijos y los días. Trabajó mucho toda su vida.
Y su cuerpo y su piel, que recuerdan lo que la memoria no anota, fue guardando toda esa luz del sol como se aplaza una deuda.
Cuando cumplió setenta y ocho años se hizo la biopsia de un bultito que tenía en la cabeza y que su médico de cabecera había dejado crecer diciéndole: «Eso es grasa, Pepe», y en el folio borroso de una impresora sin tinta podía leerse a duras penas el diagnóstico: «Carcinoma epidermoide infiltrante en cuero cabelludo». Aquello nos sonó a sus hijos a tragedia que podía haberse evitado. A partir de entonces mi padre vivió un viacrucis terrible porque no hubo forma de limpiar hasta el hueso. Los hijos tuvimos que empezar a llevarlo cada tarde a radioterapia en un sótano de la Arrixaca. Íbamos y volvíamos esa misma tarde como quien cumple un rito aprendido a destiempo. Y ocurrió algo que todavía hoy me parece uno de los gestos más hondos y terribles que yo he visto jamás. Mi padre, un hombre de la huerta, a sus setenta y ocho años, huía del sol, le tenía pánico y se protegía poniendo un pañuelo de tela en la ventanilla del coche. No en su cabeza, sino en la ventanilla del coche, como si al sol hubiese que ponerle un límite, como si aún pudiera negociar algo con él, como si le dijera: Hasta aquí.
Mi padre, aquel hombre que había vivido feliz bajo el sol toda su vida y había vuelto a casa por las tardes con la frente aún llena de luz, ahora le daba la espalda con rabia. A veces, durante el trayecto de Murcia a Caravaca, pensaba mucho en sus cosas escuchando la música de Junco y Manzanita que yo llevaba en el coche y se quedaba mirando al infinito. No miraba el paisaje ni la carretera, miraba mucho más allá y sin dirigirse a nadie, ni siquiera a él mismo, decía:
—¡Qué desastre!
Sin dramatismo ni queja
No lo decía con dramatismo ni siquiera con queja. Lo decía como quien descubre un hecho natural irresoluble, un destino ingrato. Ese «qué desastre» no solo incluía su enfermedad, ni siquiera parecía tener que ver con la muerte. Esa expresión hablaba de algo más universal y silencioso: el desajuste entre una vida y su final, la sorpresa de descubrir que el mismo sol que hizo crecer las plantas y dio luz a la su vida y a la de sus hijos, era ahora una amenaza de la que tenía que protegerse. En ese «qué desastre» no había victimismo, había perplejidad. Era la expresión de quien que no se siente traicionado, sino descolocado, como si el orden natural de las cosas hubiera cedido unos centímetros y ya no encajara. Y yo comprendí que con mi padre se estaba yendo algo más que un hombre. Con él se iban muriendo también, derrotados y descolocados, todos los hombres de la huerta, esos hombres que a lo mejor no sabían hablar de sí mismos pero leían el cielo, metían sus manos en las acequias para cambiar una ‘pará’, tocaban con ternura la tierra y esperaban los ciclos naturales con una hermosa paciencia. Hombres que apenas nombraban el miedo porque no tenían palabras para ello, pero lo ahuyentaban trabajando de sol a sol.
Los he visto a todos irse poco a poco
Los he visto a todos irse poco a poco, desaparecer y llevarse con ellos un mundo entero, una manera de medir el tiempo, de entender el cuerpo como una herramienta, de asumir el cansancio como parte inherente de sus vidas. He visto desaparecer con ellos una sabiduría sin libros, una resistencia y un estoicismo envidiables y una dignidad sin discurso que nadie ha heredado del todo y ya ni siquiera se puede enseñar en ningún sitio.
Y creo que mi padre, mirando al infinito desde el asiento de copiloto de mi Nissan Máxima de entonces, sabía que todo eso estaba muriendo a la vez con él, que el mundo nuevo no sabría qué hacer ni cómo interpretar aquel gesto de poner un pañuelo en la ventanilla para no sentirse herido por el sol. Por eso decía «qué desastre». No como rendición, sino como despedida, como balance, como asombro. Incluso como uno de esos mensajes de náufragos dentro de una botella que están flotando en el mar.
Desde entonces, cada vez que veo a un anciano protegerse del sol, sé que no está huyendo de la luz, sino cuidando lo que queda de él mismo.
¡Qué desastre, papá! Sí, qué desastre, yo también algunas veces lo digo. Estoy aprendiendo a mirar al infinito y a decirlo como tú lo hacías. Y créeme, no puedes imaginarte cómo y cuánto te entiendo y me acuerdo de ti al mirar las noticias.
- El desembalse del Azud de Ojós provoca una subida del cauce del río Segura y obliga a cortar accesos en Murcia
- La Aemet eleva al naranja algunos avisos previstos para la Región de Murcia este sábado
- El aumento de controles en las fronteras allana el camino de Mercosur en la Región
- Un nuevo impuesto encarecerá entre 8.000 y 10.000 euros más la vivienda en la Región
- Aumenta el nivel del río Segura en Cieza, Abarán y Blanca por el desembalse en Camarillas
- Va a por el pasaporte en Molina de Segura y acaba rumbo a Barajas para ser deportada: 'No soy una criminal
- La lucha de un matrimonio murciano víctima de una estafa bancaria: 'Hemos perdido casi 30.000 euros y nos dejan completamente vendidos
- Cuatro municipios concentran casi el 44% de la industria de la Región de Murcia
