Opinión | Tribuna libre
Antonio Ortuño Casas
La Banda Municipal de Lorca: Que no pare la música
Resulta incomprensible que quienes gestionan el patrimonio de la ciudad y municipio no hayan sido capaces de defender uno de sus tesoros culturales más preciados

Imagen de archivo de una manifestación de los anteriores miembros de la Banda Municipal. / Daniel Navarro
Lorca es una ciudad que respira historia en cada una de sus calles, plazas y pedanías. Sin embargo, hay una parte esencial de su patrimonio que no se ve, sino que se escucha: la Banda Municipal de Música.
Con casi cien años de trayectoria, esta institución se había convertido en un símbolo vivo de la identidad lorquina, un puente entre generaciones y un motor cultural que acompañaba a la ciudad en momentos muy importantes. Mantenerla no era solo un acto de nostalgia: era una inversión en el futuro cultural y social de todo el municipio y en cierta medida hasta de los pueblos de los alrededores.
La Banda Municipal era, desde sus inicios, mucho más que un conjunto de músicos interpretando partituras. Ha sido escuela, tradición, punto de encuentro y orgullo colectivo, ya que muchas generaciones han dado sus primeros pasos musicales bajo la tutela de sus directores y profesores, descubriendo vocaciones que después han fructificado en carreras profesionales. La banda había conseguido que la música se acercara a niños y jóvenes de todos los barrios y condiciones.
Además, su presencia era indispensable en la vida social y festiva de Lorca. En las procesiones, celebraciones patronales, actos institucionales, conciertos didácticos, intercambios culturales… La Banda Municipal era un pilar que garantizaba que la música formase casi parte del pulso diario de la ciudad. Su participación en la Semana Santa -uno de los eventos más singulares y emblemáticos- era ya una tradición tan arraigada que resulta imposible imaginarla sin su presencia.
En un mundo cada vez más digital y acelerado, la Banda Municipal representaba también un espacio de convivencia y aprendizaje comunitario. La música en grupo fomenta la disciplina, la escucha activa, la responsabilidad y el respeto mutuo. Los ensayos y actuaciones se convierten en espacios donde conviven personas de distintas edades, profesiones y realidades, uniendo esfuerzos en torno a un objetivo común: emocionarse y emocionar a los demás a través del arte.
Lamentablemente, ha habido que escribir en pasado lo anterior porque categóricamente se han cargado de un plumazo la centenaria Banda Municipal de Lorca.
La banda, como muchos otros espacios, probablemente necesitaba alguna transformación, como la sociedad en general, fruto de los cambios que el devenir trae consigo. Sin entender del todo las razones, parece que había en los últimos tiempos una especie de manía persecutoria hacia esa vieja agrupación y se olvidaron de que son parte de la historia de esta noble tierra, no solo de la ciudad. Debería haber continuado siéndolo aunque los tiempos cambien, independientemente del signo político que gobierne, bien o mal, en este pequeño rincón levantino.
En medio de ese malparido empeño por destruir o cambiar lo doméstico, lo cotidiano, la identidad, ya sea por desconocimiento, decreto o búsqueda de protagonismo -realmente no se sabe cuál es más infame-, lo cierto es que en esa ambición de conjugar esos verbos, de ensalzar esos dichosos términos, la banda ha sido víctima de los mismos.
Pero por otro lado, como tiene que haber irremediablemente cambios, estos tienen que ser favorables y la banda beneficiarse de ellos. Su continuidad no peligraba por falta de talento ni de pasión, como de ausencia de apoyo ciudadano, sino por la desidia de quienes deberían protegerla: los responsables del gobierno local. Su tibieza, su falta de visión y su incapacidad para comprender el valor real de esta institución, han acabado con casi un siglo de historia.
Resulta incomprensible que quienes gestionan el patrimonio de la ciudad y municipio no hayan sido capaces de defender uno de sus tesoros culturales más preciados. Por ello, estamos a tiempo de recuperar entre toda la sociedad lorquina, incluida sus gobernantes que han sido elegidos por ella, lo que durante casi un siglo de historia iba siendo, y es, parte de su importante y extenso patrimonio.
Hay espacio y voluntad, por mucho que se quiera obviar lo contrario, para revertir la situación. Hay que seguir preservando y engrandeciendo nuestra identidad, y dejar de destruirla con acciones como esta: hacer desaparecer un siglo de historia que apuntaba a seguir un largo futuro acompañándonos siempre con la música.
Recuperar la Banda Municipal de Lorca implica cuidar un legado cultural que pertenece a toda la sociedad lorquina. Requiere apoyo institucional, sí, pero también reconocimiento ciudadano. Cada concierto al aire libre, cada interpretación en un acto oficial, cada ensayo nocturno en su sede era una muestra del valor que esta institución aportaba. No es un gasto: es una riqueza cultural en estado puro.
En definitiva, conservar la Banda Municipal de Lorca es proteger una parte esencial de la historia y del alma lorquina. Es garantizar que las generaciones futuras puedan seguir disfrutando de la música como elemento de unión y celebración. Abriría nuevas oportunidades para jóvenes talentos, dinamizaría la oferta cultural y serviría como motor de cohesión social.
Recuperar la Banda es fundamental para revitalizar uno de los pilares culturales más representativos de la ciudad. Su desaparición ha supuesto la pérdida de un espacio de formación musical, convivencia entre generaciones y participación ciudadana que durante décadas contribuyó a enriquecer la vida social del municipio.
Una banda municipal no es solo un conjunto de músicos: es un símbolo de identidad, tradición y orgullo local. Su presencia en actos oficiales, celebraciones populares y eventos educativos fortalece el sentido de pertenencia y mantiene vivas costumbres profundamente arraigadas en la comunidad.
Apostar por restablecerla significa invertir en la memoria colectiva, en la educación artística y en el futuro cultural de Lorca, para hacerla más culta, más viva y más orgullosa de su identidad.
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