Opinión | +MUJERES
La vida de las mujeres de Jane Austen

Retrato de Jane Austen / L.O.
Jane Austen nació al sur de Gran Bretaña un 16 de diciembre de 1775, motivo por el que desde diciembre del recién acabado 2025 se esté conmemorando los 250 años de su nacimiento. Fue contemporánea de Daniel Defoe, Jonathan Swift, Samuel Richardson, Henry Fielding, Laurence Sterne, Mary Shelley; y de los poetas Lord Byron y Robert Burns. Y si no hubieran muerto tan jóvenes (incluida la propia Austen), también de las hermanas Brönte, a quienes Jane no llegó a conocer, aunque sí a la inversa, ya que estas eran más jóvenes.
Jane Austen vivió el periodo de transición de la regencia, entre la época georgiana y la victoriana (1737-1900), momentos de prosperidad económica para Gran Bretaña como consecuencia de la reforma agraria, la industrialización y el comercio con las colonias, generando una pujante clase media burguesa, y serán las mujeres de esta nueva clase social las protagonistas de las novelas de Austen. Jóvenes casaderas y ociosas en busca de un buen partido que las rescate de una soltería pobre, triste y aburrida, viéndose avocadas a una vida social agotadora para alcanzar tal propósito: paseos por la bella campiña inglesa, por los acantilados de la escarpada costa del sur de Inglaterra, siempre acompañadas de amigos, amigos de amigos, o de familiares. Bailes atestados de gente hasta el amanecer que organizaban las familias más pudientes del entorno, en mansiones y palacios idílicos y rodeados de bellísimos jardines. Alguna escapada a Londres con la misma finalidad: asistir a fiestas, conciertos o teatros, lugares propicios para encuentros con las personas más convenientes para sus propósitos. Algún viaje con parientes cercanos encargados de vigilar el buen nombre de las jóvenes casaderas, en los que no faltará realizar alguna visita de interés y, de esta manera, ampliar sus horizontes provincianos y abrir al mundo, en pequeñas dosis, sus vírgenes mentes.
A simple vista, las historias de Austen nos pueden parecer superficiales, con claros rasgos de novela rosa: por la omnipresente temática amorosa de sus relatos y porque, tras las diversas complicaciones personales y sociales que padecen sus protagonistas, siempre prevalece un bonito y emocionante final feliz. El amor triunfa por encima de toda clase de inconvenientes y convencionalismos, pero este amor no es cualquier amor, sino el verdadero, el real, honesto y sincero, un amor que dignifica y purifica a los amantes, que los hace mejores y hace aflorar en ellos y ellas los valores más altruistas: la bondad, la generosidad, la justicia, la pasión más pura y desinteresada. Es amor ‘romántico’, pero no solo en sentido sentimental o pasional, sino también como movimiento cultural y artístico del siglo XIX, que poco más tarde llegará hasta el extremo con Cumbres Borrascosas o Jane Eyre de Emily y Charlotte Brontë, respectivamente.
Pero las historias de Austen son algo más que un folletín para entretener a mujeres soñadoras y desocupadas; si profundizamos un poco, podremos apreciar su importante valor histórico por cuanto deja constancia de cómo era la vida de las mujeres de clase media de su época, y la peculiar forma de hacerlo, casi siempre desde una perspectiva crítica, inconformista, utilizando incluso la ironía y el humor para matizar y desdramatizar las distintas problemáticas, ridiculizando determinadas situaciones y personajes.
En Sentido y Sensibilidad nos habla de cómo la ley inglesa de su época discrimina injustamente a las mujeres y de las situaciones sociales, a veces dramáticas, que provoca en la vida de estas: la Señora Dashwoodes y sus tres hijas, a consecuencia de la ‘ley de sucesión’ por la que todas las propiedades las hereda directamente el hermano varón cuando muere el padre, se ven obligadas a abandonar la casa familiar y todas sus tierras, quedando a expensas de la voluntad de aquel.
En Emma, trata el papel de la mujer educadora y de los internados. Con su habitual tono sarcástico, ridiculiza la educación que se proporciona a las niñas en estas instituciones, a la vez que incorpora aceradas críticas subliminales al sistema pedagógico de la época. También en esta novela aprovecha la afición de casamentera de su protagonista para ridiculizar el encorsetamiento de los convencionalismos de la época que le toco vivir, en la que las mujeres no tenían otra salida que el matrimonio.
Una particularidad de sus personajes femeninos, que ensalza su narrativa por encima de lo que denominamos ‘novela rosa’, es que son mujeres peculiares, diferentes, en ocasiones heroínas: les gusta la lectura, disfrutan del arte y de la música, suelen tocar algún instrumento —el piano es el más frecuente y vistoso para una joven— y se enfrentan a las anticuadas costumbres sociales que las oprimen. Elizabeth Bennet en Orgullo y Prejuicio es una lectora empedernida y una discreta pianista; Marianne Dashwoodes, la segunda hermana en Sentido y Sensibilidad, es una apasionada pianista, cantante y amante de la poesía de Byron; en La abadía de Northanger, la joven Catherine Morland es una entusiasta de la novela gótica, muy de moda en aquellos años y en los posteriores. En esta obra se ironiza sobre este tipo de narraciones de fantasmas, y se declara defensora de la novela como un género no menor como la consideraban algunos autores de su época, situándola al mismo nivel que la poesía.
Es cierto que Austen nunca se acerca a los bajos fondos de las grandes ciudades inglesas, donde la industria empieza a hacer estragos en la clase trabajadora. Tampoco se aproxima a las realidades de las mujeres que trabajan en las factorías para obtener un triste jornal, ni al trabajo infantil que comienza a ser habitual, como sí hizo Dickens, ni recurre a la temática de aventuras como Scott, Dafoe o Melville, pero este detalle puede tener su explicación en que a las mujeres del romanticismo no les estaba permitido ejercer casi ningún oficio y en raras ocasiones viajaban a las colonias. Su entorno social era muy limitado, pues carecían de la libertad que sí disfrutaban los hombres para moverse libremente por el mundo, ¿de qué iban a hablar, entonces, aquellas mujeres si no era de la vida social y familiar, de sus amistades, afectos y pasiones?
No obstante, la vida de Jane Austen tomó derroteros muy distintos a los de sus personajes: nunca se casó, vivió casi exclusivamente de su trabajo como escritora, de esta manera, consiguió llevar una vida libre e independiente, logrando en vida que sus historias de ‘amor romántico’ (incluso aceptando la tesis del daño que esta concepción del mundo ha infligido en nosotras) hayan perdurado hasta nuestros días, que su literatura siga siendo apreciada y reconocida por muchos y hasta llevada al cine, para seguir haciéndonos soñar con esos amores apasionados que a todos y todas, en alguna medida, sigue seduciéndonos.
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