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Opinión | BOULEVARD FLANDRIN

Vecinos, no fantasmas

En el patio del colegio la política entra por el oído. Doble fila, mochilas y un padre que abre el móvil como quien abre la nevera, no sabe qué busca pero necesita confirmarlo. La doble fila nos retrata, incumplimos con cortesía y luego pedimos ejemplaridad. El médico no da abasto, el alquiler muerde. Alguien suelta el palabro: inmigración. Y la conversación se pone la chaqueta, se toca los bolsillos y mira alrededor, por si acaso. El chat de padres se enciende y se llena de expertos repentinos.

Es él, el de casi cada tarde. Sonríe y suelta: ‘colapso’, ‘invasión’, ‘efecto llamada’. Hay palabras que entran como argumento y salen como verja. Remata con su salvoconducto: «yo solo pregunto». La ideología asustada hace origami con la realidad hasta que cabe en un titular, y el titular llega antes que la duda. No estamos hablando de ellos, estamos hablando de nosotros.

Casi nunca hablamos de lo evidente, de lo que esa gente ya aporta y de lo que aportará si dejamos de tratarla como una sospecha. Se habla de cientos de miles como si fueran ruido, cuando son la parte más concreta de la vida. Lo demás son discursos, esto es la persiana levantada a las siete. No es una ola, son turnos, cuidados, manos.

Por eso la regularización extraordinaria no debería leerse como un favor, sino como una corrección de realidad. No se regulariza a alguien, se regulariza una hipocresía. No trae a nadie, reconoce a quienes ya están aquí. En la Región se calcula que podrían regularizarse unas 30.000 personas.

Cuando la vida se encarece, uno no soporta la intemperie de no saber a quién culpar y elige al culpable que le quede más cerca. Yo también he buscado culpables con prisa, es humano y por eso es peligroso. La irregularidad no es un accidente, es una comodidad que abarata salarios y silencia denuncias. Cuando se vuelve estructura deja de ser economía, es una costumbre de crueldad, una forma de decirle a alguien que existe, pero que no cuenta. Una democracia que acepta sombras acaba viviendo con poca luz.

La coartada aparece enseguida, los servicios públicos, como si fueran vajilla que se rompe con la diversidad. Pero la tensión no la produce la mezcla, la produce el abandono. Luego está la escena de quienes hablan de impuestos como si hablaran de un robo ajeno y, sin embargo, pronuncian Estado con impaciencia. Quieren Estado en streaming, que cargue rápido y no que no gaste datos. Quieren un Estado disponible siempre y obligaciones a la carta, según el día y el enfado.

El padre del solo pregunto guarda el móvil. La puerta del colegio se abre y el patio se vacía. La pregunta no es cuánta gente cabe, sino cuánta desigualdad toleramos. Pienso en mi abuelo y en mi abuela, rulando por París, aprendiendo a ser esos ‘otros’ de los exudas, tragándose tantas verjas por su acento, por su falta de estudios, por su ropa, por sus manos desvencijadas.

Y entonces queda claro que los papeles son la excusa. Lo que se decide es si queremos vivir con los otros o solo al lado de ellos. Vecinos, no fantasmas. Un país que no sabe contar a quien tiene al lado termina sin saber contarse a sí mismo.

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