Opinión | Dulce jueves
Seguimos perdiendo la guerra
Quien vive instalado en el resentimiento no quiere comprender, quiere saldar cuentas

Ilustración de Leonard Beard.
Decir que una guerra la gana un bando y la pierde otro o que hay culpables y víctimas o que unos las empiezan y otros las sufren, son obviedades. Decir que una guerra la perdemos todos no es decir lo contrario, sino decirlo de forma más profunda. Para eso están las metáforas. La verdad más allá de lo obvio. La prueba más evidente de que la guerra civil la perdimos todos es que todavía hoy, casi un siglo después, nos sigue dividiendo, se sigue utilizando para enfrentarnos, es todavía causa de resentimiento, instrumento de manipulación. Todas las fuerzas malignas que desencadenó permanecen latentes en nuestra vida pública, esperando cualquier excusa para reaparecer.
Ha vuelto a ocurrir con la polémica de las jornadas sobre la Guerra Civil coordinadas por Arturo Pérez-Reverte, de las que se ha retirado el escritor David Uclés en protesta por la presencia de José María Aznar y de Iván Espinosa de los Monteros, y por el propio título del evento: 1936: La guerra que todos perdimos. Al parecer, no soporta «compartir espacio» con dos políticos que defienden valores contra los que él ‘lucha’. El líder de IU, Antonio Maíllo, también ha protestado contra un título que entiende como una visión equidistante de la guerra. El organizador ha interpretado estas deserciones como «un claro indicio de que hay sectores ideológicos en España que no desean debates ni razones, sino simplezas demagógicas». La polémica es aún más triste porque no proviene del campo de la política, donde el maniqueísmo es parte del oficio, sino del de la cultura, donde cabría esperar reflexión, dudas más que certezas, diálogo sin dogmas ideológicos, debates abiertos, es decir, todo aquello que evita las guerras.
Es curioso que quienes se declaran inocentes y perdedores de la guerra se sientan tan cómodos parapetados en las trincheras imaginarias de un presente que vuelve a preferir la reyerta al debate. Como si la identidad política solo pudiera afirmarse a través del enemigo. Ahí es donde el título resulta incómodo, porque señala algo que muchos prefieren no mirar: que una guerra civil no termina cuando callan las armas, sino cuando deja de ser útil para odiar. El gran legado de nuestra guerra no es la victoria de unos sobre otros, sino el veneno del resentimiento, que ha quedado infiltrado en el lenguaje, en los relatos familiares, en la política y, como vemos, en la cultura. Quien vive instalado en el resentimiento no quiere comprender, quiere saldar cuentas. Y una comunidad que vive saldando cuentas acaba condenada a una guerra simbólica permanente.
Tras combatir en el Frente de Aragón, Simone Weil entendió la guerra como un fracaso moral, no solo porque destruye vidas, sino porque destruye aquello en lo que el bien se hace visible: la atención al otro, la compasión. Una guerra civil no solo rompe un orden político: rompe la idea misma de un ‘nosotros’. Y cuando ese ‘nosotros’ desaparece, todo lo malo se vuelve posible. Eso es, en el sentido más profundo, perder una guerra. Más allá del campo de batalla, en el tiempo. Perder la capacidad de convivir sin trincheras, de discutir sin deshumanizar, de pensar sin consignas. Ganar una guerra puede ser un hecho militar; perderla todos es un hecho moral. Y la prueba de que la Guerra Civil española la perdimos todos no está en los libros de historia, sino en nuestra dificultad actual para hablar de ella sin repetir, casi un siglo después, los mismos gestos, los mismos miedos y la misma furia.
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