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Opinión | NOTICIAS DEL ANTROPOCENO

DIONISIO ESCARABAJAL

Quién paga realmente los aranceles

Foto de archivo del presidente de EE.UU., Donald Trump

Foto de archivo del presidente de EE.UU., Donald Trump / NATHAN HOWARD

Todos los gremios y asociaciones de interés de un país (lo que ahora llamamos lobbies) luchan por restringir la competencia de diversas maneras. La más fácil es pedir la imposición de aranceles a los productos similares del extranjero que los importadores traen a nuestro país. Y digo la más fácil porque es la más comprensible para los descuidados consumidores, que piensan que un producto fabricado en su nación aporta indirectamente riqueza a la economía patria y, de paso, a ellos. Dependiendo de la fuerza de los lobistas, y su capacidad para hacerse oír por los ciudadanos, a veces por las malas, los políticos se pliegan a sus deseos.

En realidad, los aranceles actúan como un impuesto que pagan los consumidores. En la medida en que un producto nacional sigue siendo más barato que un producto extranjero con aranceles, estos sirven para engordar los beneficios del productor nacional y las arcas del Estado que cobra por ellos. Los perjudicados obviamente son los consumidores y la economía en general, que evita que el capital del país se dirija a la inversión en crear productos realmente competitivos, en lugar de en otros cuyo precio hay que elevar para que compense por los costes de producción. En Estados Unidos, Donald Trump está presumiendo de que sus aranceles han recaudado nada menos que 600.000 millones de dólares, que se suponen han pagado los productores extranjeros.

En realidad, según un reciente estudio publicado por una empresa alemana de análisis financieros, la cifra real se reduce a 200.000 millones, y las empresas extranjeras y los importadores y distribuidores nacionales han asumido apenas un 4% de esa cantidad en sus costes. El resto lo han pagado los propios consumidores estadounidenses. El hecho cierto es que el volumen de importaciones de los países castigados por los aranceles ha disminuido. Los productos se habrán importado de otros países con menores tarifas arancelarias y una proporción mínima serán productos nacionales asumiendo que los consumidores hayan pagado más caro.

En definitiva, los consumidores americanos pierden, los productores pierden, los importadores pierden. El que gana algo es el fisco norteamericano, pero una cantidad ridícula que no le sacará de sus graves problemas.

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