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Opinión | PAN PARA HOY

Mr. President quiere comprar, así como quien pregunta por un solar

¿Qué pasará con Irán? El sha de Persia no se ha visto en otra. Al hombre igual hasta le toca mudarse a Teherán, o donde sea que deba vivir el sha de Persia. El caso es que el sha —cuya legitimidad algunos discuten y yo no voy a tratar, para evitar problemas con el carlismo de aquella tierra— siempre ha tenido cierta conciencia de destino. Sha de Persia, como título, está a la altura de conde-duque de Olivares o maharajá de Kapurthala; si yo fuera alguna de esas cosas, me creería el centro del mundo.

No ocurre lo mismo con el resto de los mortales. Imagínese que usted nace en un lugar con 55.000 habitantes. Su padre es un honrado inuit dedicado a la pesca de ballenas. Pasa de la escuela al instituto sin mayor complicación, e incluso se echa una novia, a la que da besitos de esquimal para calentarse la nariz. Hace luego un grado superior de Administración, porque conviene tener un sustento, y hasta se embarca en el negocio de la fabricación de cubitos con su amigo Olaf. Allí los cubitos son muy útiles, porque se los meten por dentro de la camiseta y se calientan.

Un día le llama el jefe de un partido. Que si quiere ir en listas, que si hace falta gente seria, que si hay que servir a la comunidad. Usted acepta; no le va mal en el negocio y admira a Nelson Mandela. Da un salto, luego otro, y acaba de ministro del Interior: casi lo mismo que concejal, solo que con 2.166.000 kilómetros cuadrados que gestionar.

Cualquier martes, mientras se está preparando su sopita de foca, le llaman para decirle que Mr. President quiere comprar aquello. Comprar. Así, como quien pregunta por un solar. Usted coge un avión y se planta en Washington, donde le llevan a un salón lleno de cuadros de señores demasiado serios para llevar peluca. Durante la reunión se acuerda de su abuela, quien le dijo que no se metiera en política. Qué razón tenía esa bendita mujer. Al salir, con la concejala de Exteriores se fuma un cigarro a la puerta de la Casa Blanca mientras la prensa internacional lo despedaza a preguntas.

Su amigo Olaf le llama para decirle que lo ha visto en la tele. A usted, que hasta ayer gestionaba la compra de un nuevo trineo para la policía local y preparaba su discursito protocolario para la coronación de la reina de las fiestas patronales de Nuuk.

El mundo funciona así: un día aprueba la construcción del carril trineo y al día siguiente figura en todas las portadas. Y lo peor de todo es que el lunes hay pleno.

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