Opinión | La Escuadra
La morena de mi cala
"El acceso acaba de ser declarado de utilidad pública, lo que garantiza que también yo pueda acceder a la playa de forma libre, pública y gratuita por un camino normal"

Atardecer desde Cala Morena, El Portús. / Berny121
Corría 1978, los vespinos de la época no aguantaban la cuesta y la parada se hacía obligatoria para evitar que el motor acabara en chatarra derretida antes de encumbrar y que como un regalo del cielo apareciera la cuesta abajo con la gravedad a favor como el mejor refrigerante, el motor empezaba a dejar de casi arder y en unos pocos minutos más estábamos en Cala Morena.
El camino llevaba hasta la misma playa donde los veranos colocábamos las tiendas de campaña para echar unos días. No había camping, no había vallas, no había nada más allá de una belleza natural que abrumaba y un cuartel de la Guardia Civil al otro lado de las rocas que se dejaba ver al fondo en El Portús, con tanta actividad que a veces pensé que ellos inventaron los radio espías sin cable, en plena transición sólo había que entonar con una guitarra junto al fuego encendido en la playa -entonces se podía- alguna canción rarita con tono protesta de la época, para que aparecieran como emergiendo del mismo mar, con la capa y los fusiles colgados en su rutinaria normalidad y amablemente te invitaran a abandonar la fiesta, salvo que les hubieras visto venir y transformaras la canción en un inmediato popurrí con el cielito lindo y querido, que lo arreglaba todo al instante.
Aún no habíamos inventado el botellón, era suficiente con el sabor a mar de media noche y esa libertad que se empezaba a respirar para acabar completamente borrachos y que se hiciera difícil llegar hasta la tienda de campaña. Todo aquello acabó en 1981 cuando abrieron el camping.
Aquel camping naturista fue el que levantó la valla, el muro, el que impidió que pudiéramos seguir yendo a nuestra cala de adolescencia y juventud, salvo que eligieras jugarte la vida por los acantilados entre El Portús y Cala Morena. Después, por imperativo legal tuvieron que permitir la entrada a cualquiera que lo solicitara antes de la valla, pero es verdad que te sentías un extraño allí, en aquel lugar que tantas veces habías disfrutado creyendo que era tan tuyo como de todos. Y pasó de pronto a ser de otros.
Los otros ocuparon legalmente el espacio y dijeron cómo había que bañarse y con cuánta ropa había que entrar después de la valla. Los más listos se desvistieron de su lado, montaron sus chiringuitos permanentes y así pasaron más de 40 años mientras nosotros, ahora los otros, nos quedamos de este lado y perdimos nuestra cala. Y ellos mismos, los que mantuvieron para ellos solos el espacio cerrado y acotado durante 40 años sin preocuparse para nada de los de este lado, ahora que les han echado de sus dominios, dicen que aquello debe abrirse y exigen un camino decente, no como el que teníamos que recorrer los que nos habíamos quedado fuera los últimos 40 años.
No es lo mismo subir a coger brevas, que bajar a llevar palos. A mí me parece bien que así sea y que ahora sí que se acuerden de todos los que tuvimos que renunciar a nuestro lugar favorito porque no queríamos pasar por una valla, pedir permiso, que te perdonaran la vida para entrar o que te impusieran el baño de una determinada manera. No era el espíritu de Cala Morena. Suerte que estos nuevos dueños, que es un grupo empresarial y no una familia propietaria como la original, parece que van a llevar este asunto de una forma que los de este lado empezamos a considerar más justa. Si es un camping voy con mi caravana o mi tienda, pago y en la playa me visto, o no me visto, voy como me dé la gana, como en casi cualquier playa de España, sin más obligaciones y además y para colmo acaba de ser declarado de utilidad pública el acceso, que parece que antes, en manos del anterior camping naturista no lo era, lo que garantiza que también yo pueda acceder a la playa de forma libre, pública y gratuita por un camino normal y corriente sin jugarme la vida y sin pedir perdón ni permiso para llegar a mi cala de toda la vida. Es lo que tiene que las cosas pasen a manos de grupos turísticos normalizados, que empiezan a estar bien controladas por la ley, lo público pasa a ser de todos, en vez de estar vallado para el disfrute de sólo unos pocos y el mundo al revés se vuelve a poner al derecho.
Seguro que los que han estado afincados e incluso empadronados allí estos últimos 40 años, debajo de la sombra de poder que parece que acaba otorgando ese aire de nudismo y libertad, buena gente entiendo yo, empiezan a celebrar, mientras abren hueco, que por fin aquello no sea solo para ellos y celebrarán aún más el hecho de que hayan tenido que abandonar ‘voluntariamente’ el espacio del que de alguna manera se habían apropiado, seguro que sin darse cuenta todos estos años, para que Cala Morena empiece a ser verdaderamente de quien siempre debió ser, de todos.
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