Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Pasado a limpio

Los inmorales nos han igualao

Ilustración de Leonard Beard

Ilustración de Leonard Beard / Leonard Beard

Enrique Santos Discépolo compuso Cambalache en 1934 y se refería al siglo XX como un despliegue de maldad insolente. Ciertamente, la perversión que conocimos en el pasado siglo alcanzó las más elevadas cotas de la infamia, independientemente del ámbito geográfico que contemplemos. Verbigracia, llamamos Guerra Civil a la del 36 y olvidamos que, sin remontarnos a la larga Edad Media, sólo en el XIX tuvimos media docena por lo menos.

Algunos de nuestros contemporáneos más patriotas traen a colación gestas de un pasado supuestamente glorioso para reivindicar un acervo común como nación bajo una misma bandera, aunque no existiera, y una sola ideología, que es la suya. Pero resulta que Viriato, Guzmán el Bueno, el Cid o el general Moscardó, no eran más españoles que los enemigos a los que se enfrentaron. Unos, porque no eran todavía españoles; y otros, porque tenían tanta sangre roja como sus adversarios. Pero algunas tonterías calan en multitud de gente que cree a pies juntillas lo que diga el líder de la manada.

Aceptemos como punto de partida que los inmorales son una pequeña minoría, porque no hay criterio científico que permita reconocer la maldad innata en tan grandes multitudes como se deduce de la grey que les secunda. También porque si la mayoría fueran malvados, la humanidad se habría extinguido hace milenios.

Tal vez encontremos algunas razones en el elevado porcentaje de ignorancia y analfabetismo funcional. Según una encuesta, el 22% de los españoles no cree que se haya llegado a la luna, no digamos los terraplanistas, que son unos dos millones. ¡No me digas, lector, que se puede construir un país con semejante peña! Pero, por otra parte, otros españoles son expertos en cualquier rama científica que les parezca. Contertulios de los mass media, influenciadores de lo más variado, comunicadores diversos y algunos cafres que usan las redes para mostrar un vocabulario tan reducido como expresivo en injurias y amenazas.

La palabra cafre fue recogida en el DRAE de 1729 para referirse al hombre bárbaro y cruel y, en Murcia, al rústico y zafio. En el árabe original, designaba al infiel extranjero, de manera que nos sigue valiendo para los propios de nuestra tierra como para los bárbaros que hay repartidos por el mundo. Sirve tanto para el ICE norteamericano, desde su jefe, Gregory Bovino, hasta el último de sus agentes, que asesinan tan impunemente como en antiguas guerras que creíamos olvidadas; sirve para los israelíes que siguen asesinando en Gaza; como para Putin que bombardea Ucrania y elimina a sus opositores con la misma frialdad; o para Donald Trump cuando amenaza a Dinamarca o al resto de Europa.

Los ejemplos se multiplican por doquier. «Todo es igual, nada es mejor / lo mismo un burro que un gran profesor» dice el tango de Discépolo.

Tras la tragedia de Adamuz, todos saben tanto de la red ferroviaria que no sé para qué tenemos ingenieros químicos, de materiales o de caminos; o todos los técnicos superiores en calidad, materiales, análisis de laboratorio y un largo etcétera en el que se incluyen los trabajadores especializados en soldaduras aluminotérmicas. Para qué queremos los controles y las certificaciones de calidad, tanto de los materiales como de los procesos, sean fabriles o mecánicos. Qué decir de las inspecciones de mantenimiento, las revisiones diversas con trenes auscultadores y otros sistemas. Pero antes de que los técnicos averigüen la causa del accidente, ya sabe todo el mundo que el mantenimiento era una chapuza, que la soldadura era mala, el raíl antiguo soldado con otro nuevo, la catenaria qué sé yo. Sabemos que el ministro ha mentido, que la red ferroviaria funciona como el gobierno.

Feijoo decía que no estaba informado, luego que tenía infinidad de datos y en la COPE sale con que el balastro no estaba bien bateado y las traviesas no estaban bien colocadas. Está bien para epatar, pero tanta tontería, más que traviesa, es cansina.

«¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón! ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón!», sigue diciendo el tango. Cómo podía faltar Abascal, que debe saber de latrocinios tanto que hasta su guardia de corps se marcha de su lado.

«No pienses más, / sentate a un lao / que a nadie importa si naciste honrao», sigue diciendo el tango de Santos Discépolo. ¿Acaso miraría por un agujero espacio temporal? Siendo argentino, probablemente tenía en el sótano de su casa el famoso ‘aleph’ del que hablaba Jorge Luis Borges: «si es lo mismo el que labura /noche y día como un buey, / que el que vive de las minas, / el que mata o el que cura / o está fuera de la ley».

Las minas en lunfardo son las mujeres. En Estados Unidos quien vivía de las minas era Epstein, íntimo amigo del presidente Trump y colega de correrías. ¡Qué decir del cantante más universal que ha tenido España! a juicio de Isabel Díaz Ayuso. No es que viva a costa de las minas, es que las trata como un auténtico proxeneta.

«Los inmorales nos han igualao».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents