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Opinión | Así somos

Placer estético y consumo de energía

Suele decirse que sobre gustos no hay nada escrito. La verdad es que sí hay mucho escrito, pero la frase se refiere más a que no se puede afirmar con precisión, especialmente en el mundo del arte, por qué unas obras gustan más y otras menos o por qué gustan más a unas personas y menos a otras. Diríamos que tampoco eso es cierto del todo, ya que muchos investigadores de distintas disciplinas se han preocupado de descifrar este enigma. Aun así, continúa siendo muy difícil predecir el efecto estético, de interés o placer que un cuadro o una pieza musical provocará en el público.

El efecto estético visual suele constar de una reacción rápida y automática, guiada por las características sensoriales de una pintura, una imagen o una escena. Va seguida de una segunda reacción, algo más lenta, en la que intervienen procesos mentales más complejos, y se basa más en el contenido de la obra, la experiencia personal, el contexto y aspectos socioculturales, como pueden ser las corrientes artísticas actuales o pasadas.

Imagen y mundo actual

Los investigadores han avanzado más en el primer componente, referido a los aspectos concretos de un cuadro, que hacen que la mayoría de las personas lo califiquen como agradable o interesante. Entre estas cualidades están, entre otras, la facilidad de agrupación de lo que se percibe en conjuntos, a partir de su estructura y componentes, el contraste entre fondo y forma o las diferentes tonalidades de color, la simetría, la mayor o menor densidad de los cambios de luz o colores, cierta disposición espacial de las imágenes, como las proporciones o cánones del arte clásico o la presencia de contornos curvos o extensos que caracterizan a algunos paisajes.

Una clave importante es la cercanía de la imagen a las características físicas del mundo natural. La evolución ha favorecido que el sistema visual esté más preparado para distinguir fácilmente figuras humanas o animales, rostros, plantas, paisajes con montañas, mar, ríos o lagos. Cuando una imagen posee características o patrones físicos, por ejemplo, espaciales, de iluminación o contraste de colores que se apartan de los propios del entorno natural, suele ser calificada como menos agradable. Esto no quiere decir que las imágenes complejas, abstractas o no relacionadas con la naturaleza sean menos agradables o interesantes. De hecho y hasta cierto punto, la complejidad es también interesante, sobre todo, cuando el cerebro la puede organizar o estructurar de forma rápida o fácil. Es más probable entonces que, además, sea atractiva.

A mayor placer, menor actividad

Yikai Tang y otros investigadores de la universidad de Toronto indagaron si hay alguna correspondencia entre las características físicas de una imagen, lo que sucede durante su contemplación en el cerebro del observador y el mayor o menor placer que provoca. Con técnicas de resonancia magnética estudiaron el metabolismo cerebral en distintos niveles del sistema visual mientras los participantes en el experimento veían una serie de imágenes o escenas. Encontraron que las calificadas como más agradables eran las que provocaban menor actividad metabólica. La exploración de lo placentero ejercía sus efectos en un grupo reducido de neuronas, dejando al resto de células en un estado de mayor reposo, lo que explica el menor esfuerzo del cerebro. Por el contrario, las imágenes que se calificaban como más desagradables afectaban a muchos grupos de neuronas y consumían más energía. Esta asociación entre mayor placer y menor consumo de energía era más patente en las áreas del sistema visual que se ocupan de la percepción de formas de cierta complejidad, como rostros y objetos.

Contemplar y experimentar la belleza es rápido, fácil, fluido y, al menos a nivel cerebral, consume menos energía.

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