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Opinión | Pulso político

Los patriotas contra el acuerdo de Mercosur

Protesta de agricultores contra el acuerdo con Mercosur frente al Parlamento Europeo, este miércoles en Estrasburgo.

Protesta de agricultores contra el acuerdo con Mercosur frente al Parlamento Europeo, este miércoles en Estrasburgo. / PASCAL BASTIEN / AP

Poco ha durado la felicidad de los gerifaltes populares y socialistas de la UE que pretendieron una entrada en vigor del acuerdo con Mercosur sin incidentes. El Parlamento Europeo ha remitido el acuerdo al Tribunal de Justicia para que dictamine si el pacto firmado en Paraguay contradice los Tratados de la UE.

En la votación se han retratado los eurodiputados: a favor de acudir a la Justicia 334, en contra 324 y 11 abstenciones. Partidarios de revisar el acuerdo los Patriotas. En contra socialistas, populares y liberales. Los demás grupos han votado por motivos diversos, como los mecanismos de reequilibrio basados en cuestiones ambientales, la deforestación y el acuerdo climático de París.

Y esto nos permite entender el acuerdo con Mercosur, no únicamente como dispositivo para el cierre de la agricultura europea, sino también como agenda para la exportación de la ideología climática. La UE aporta una generosa contribución de 1.800 millones de euros para ese objetivo. El pacto contiene dos tratados: por una parte, el acuerdo «comercial», que lo aprueba la UE por su cuenta y, por otra, el «diálogo político y cooperación», que necesita la conformidad separada de los Estados miembros porque lleva inmigración, ecología y otros temas.

La manía de la UE por evangelizar al nuevo mundo con la doctrina climática es una estafa para los europeos y una risa para el Mercosur. La experiencia es que las cláusulas socioambientales casi nunca se cumplen porque es muy complicado implementarlas. Son garantías falsas que sirven como lavadero de conciencias para engatusar apoyos donde lo único importante es la desaparición de aranceles para la industria y competencia desleal en perjuicio del sector agropecuario.

El último arreón de la UE al Mercosur (después de 25 años negociando) pretende dar una lección a Donald Trump por su política proteccionista frente al aperturismo europeo. También hay miedo a la expansión de China, que ya tiene el 25% del comercio con Mercosur, y puede acaparar el acceso a los minerales y materias primas críticas que la UE necesita para la transición ecológica y fotovoltaica en la que se ha metido.

El acuerdo con Mercosur no establece una zona de libre comercio, justo y equilibrado para las partes, sino una sustitución de la ganadería y la agricultura europea, que se ofrece como moneda de cambio, para que los productos industriales y las manufacturas de Centroeuropa puedan penetrar sin barreras, en los cuatro países sudamericanos, que tienen aranceles del 35% para automóviles, el 20% para maquinaria y 35% para ropa y calzado.

Con el Mercosur las oligarquías que mandan en Europa imponen un gran sacrificio a los agricultores y ganaderos, incapacitados por la propia UE para competir con los alimentos que entran libres de las regulaciones sociales, ambientales y fitosanitarias que asfixian al campo español y europeo. Socialistas y populares han tratado de camelar al sector, adelantando 45.000 millones de la PAC e inventando otras «salvaguardas» de última hora para calmar las protestas y las tractoradas.

Pero agricultores y ganaderos saben que esas «garantías» son trucos que no pueden estabilizar el mercado, son potingues para maquillar un difunto que se niega a estirar la pata. La protesta sigue porque el sector primario no se resigna a contemplar en silencio cómo preparan su funeral unos políticos traidores ataviados como defensores del libre comercio, el clima y la democracia.

Los españoles y europeos nos negamos a tragar carnes engordadas con hormonas y antibióticos prohibidos en nuestro territorio mientras cierran nuestras granjas. Tampoco podemos tolerar el desplome de la seguridad alimentaria esperando la entrada de contenedores cargados de comida procesada mientras cierran nuestras explotaciones agrarias y acaban con la vida en los pueblos.

No queremos vivir una pesadilla distópica, con dirigentes que se reparten las ganancias, mientras la gente espera (con cartillas de racionamiento) la llegada de barcos con alimentos del otro lado del océano. Pero esa comida sólo llegará cuando la remitan (a su conveniencia) las multinacionales que dominan el mundo con la Agenda 2030, esa mascarada masónica que funciona como constitución política y catecismo de la religión climática.

La protesta contra el acuerdo de Mercosur revela un renacimiento patriótico en toda Europa. Esta legítima defensa del campo hubiera sido imposible hace apenas unos años, cuando el «partido único europeo» pudo imponer regulaciones caprichosas para borrar un sector que -afortunadamente- ahora responde con tractoradas y fumiga con purines de cerdo la fachada de los ministerios.

Ha llegado el momento de reorientar Europa con una nueva dirección política, capaz de revertir acuerdos comerciales, cargas absurdas y costes insoportables. Hay que desalojar a los «mandarines» empeñados en desmantelar el campo y reagrupar nuestra población (envejecida) en megaciudades. Los jefes del bipartidismo dicen que podemos ser felices sin tener nada mientras traman el reemplazo migratorio y la dependencia alimentaria del Mercosur y Marruecos.

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