Opinión | Murcia D. F.
Los edificios malditos de Murcia

Centro Juvenil Juan de Borbón
Varados en el tiempo como las ballenas que llegan a la costa heridas por el progreso humano que cada vez se acerca más al precipicio de la autodestrucción medioambiental. Así se encuentran distintos edificios y construcciones del municipio de Murcia, que esperan inversiones. Y voluntad política y empresarial para salir del letargo en el que fueron sumergidas por la inacción administrativa o por la falta de inversiones públicas y privadas.
Ha tenido suerte el parquin de Abenarabi, enterrado en una maraña administrativa que se ha desenredado tras años de trámites y que permitirá poner ante los cochistas más de 400 plazas de aparcamiento relativamente cerca del centro de la ciudad. Ha costado lo suyo desde el punto de vista administrativo y desde el punto de vista pecuniario, ya que el Ayuntamiento ha tenido que desembolsar cerca de ocho millones por la concesión fallida de esta infraestructura, que parecía maldita por las vicisitudes que ha afrontado.
Cascarones vacíos
Lo gestionará Urbamusa, el brazo en el que se está apoyando la Administración local desde hace años para hacerse cargo de asuntos de movilidad. Si el parquin de Abenarabi verá la luz hay otros tantos edificios municipales que siguen esperando la resurrección, algunos de ellos prácticamente condenados a ser cascarones vacíos salvo milagro. Uno de ellos es el centro juvenil de Juan de Borbón, un esqueleto que costó 800.000 euros y que significa el fracaso de las políticas de Juventud. Ahí sigue, cómo cascarón vacío, desde 2010, casi la misma fecha que el parquin de Abenarabi (2011).
Si se pone una a mirar por el retrovisor aparecen más fantasmas urbanísticos. Significativos son los del barrio del Espíritu Santo, construidos con fondos europeos y llamados a ser un revulsivo para una zona de la ciudad que necesita de todo. Uno de ellos iba a ser un centro de artistas, algo que echando la vista atrás parece una broma. Tampoco se ha recuperado del todo el Cuartel de Artillería que pasó a manos del Ayuntamiento el siglo pasado después de quedar sin uso por parte de los militares y de una lucha intensa por parte de los carmelitanos para que pasara al patrimonio público sin coste alguno.
De hecho, los vecinos incluso bucearon en la historia del complejo militar y descubrieron que se financió con dinero donado por la población. Las negociaciones del Ayuntamiento con la Administración central para hacerse con edificios que debían pertenecer al patrimonio público de los murcianos siempre fue intensa, como la llevada a cabo para la Cárcel Vieja, una antigua prisión que ha sido reformada en parte (la sala de exposiciones sigue cerrada dando la imagen de que el Ayuntamiento no parece saber qué hacer con ella) y que lleva años en obras para su recuperación después de estar lustros olvidada.
Años y años de intentos para recuperar edificios sin lograrlo del todo. Otro ejemplo palmario: el edificio municipal anexo al Centro de Cualificación Turística, entre las calles Pintor Aurelio Pérez y Telegrafista Mathé, un inmueble que pasó a manos municipales hace casi dos décadas, cuando se cedió un solar municipal a la Comunidad a cambio de este equipamiento. De momento sigue sin uso, pese a que el Ayuntamiento a unos metros de allí tiene oficinas alquiladas por casi medio millón de euros anuales que engrosan la economía de un prohombre de la Región. Quizá si algún día se abre pueda la Hacienda local ahorrarse ese dineral.
En pedanías
Las pedanías y la huerta también tienen sus cascarones, algunos en situación ya de juzgado de guardia. La casa natal de Antonete Gálvez está en ruina y abandono total. Allí además pasó parte de su vida el histórico personaje impulsor del levantamiento cantonal del siglo XIX. Está protegida por el Plan General de Ordenación Urbana, pero ni así se ha librado de la desidia. Fue incluida en su momento en la Lista Roja de Patrimonio sin sonrojar a nadie.
Mejor suerte parece que tendrá el Molino Armero, el último de pimentón en Cabezo de Torres que también está en un estado lamentable y que va camino de ser declarado BIC. Por lo menos este va a ser recuperado con fondos públicos y se barrunta una nueva vida para él, circunstancia que no parece que se pueda dar en emblemáticos edificios de la ciudad en manos privadas, como los de Trapería y Platería.
El más icónico y sangrante propiedad del empresario cartagenero Tomás Olivo es la Fábrica de la Pólvora y Salitre, varado desde que este señor lo compró en 2001 ante las narices del Ayuntamiento que ni siquiera pujó por él en la subasta realizada por la Administración central hace más de 20 años. Pagó un pastón con la intención de hacer viviendas, un hotel y hasta un centro comercial, instalaciones no permitidas según su ficha urbanística. Esta fábrica, situada en la calle Acisclo Díaz y erigida por una Orden Real de Felipe IV en 1937, forma parte de la historia de los murcianos y debe seguir siendo el vestigio de un hecho singular: fue la única que fabricó munición para parar a los franceses en la Guerra de Independencia. Por nadie pase.
Suscríbete para seguir leyendo
- Arde el Parque Natural de la Sierra de la Muela y Cabo Tiñoso en Cartagena y obliga a desalojar a más de medio centenar de personas
- El viento seguirá sin dar tregua: activan la alerta amarilla para el domingo y el lunes en la Región de Murcia
- Murcia estrena la primera ordenanza del país que regula las actuaciones en la red histórica de riego
- El ángel de la guarda de Salma: 'Llegó a mi casa toda llena de sangre, no hay un centímetro de su cuerpo en el que no tenga un golpe
- Cabo de Palos y La Azohía tendrán los dos primeros canales de nado
- La paradoja de la línea con Chinchilla: más de 700.000 euros para renovar el drenaje en un tramo de 630 metros pese a seguir cerrada
- En directo: Alcorcón-Real Murcia
- Adiós al viento, la Aemet confirma el regreso del calor sofocante: Murcia rozará este lunes los 30 grados
