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Opinión | El retrovisor

Soren, el poeta

Soren Peñalver

Soren Peñalver / Archivo TLM

El otro día le dieron un homenaje a Soren Peñalver, el afamado poeta. Por motivos de salud fue imposible mi asistencia. Ya se sabe que uno está sano hasta que deja de estarlo, y así fue, precisamente cuando homenajearon a mi buen y viejo amigo de pelo nórdico. Según me contaron, allí se dio cita la pomada literaria de aquí: Eloy Sánchez Rosillo, mi bien amado Manolete Fernández-Delgado, Teresa Vicente y, por supuesto, José Ángel Castillo Vicente, entre otras conocida plumas y empedernidos creadores y lectores.

Hacer una semblanza de Soren Peñalver es harto difícil debido a sus múltiples variantes, que lo convierten en un señor muy interesante. Puesto a recordar, lo veo allá por los finales de los setenta por el bello Montecarlo, en aquellos días de impetuosa juventud, en días de amores, mar y letras. Más tarde, ya en los dos mil y de la mano del pintor Luis Pérez Espinosa (aquel pintor tan original que pintaba por las noches en su estudio del palacio de Almodóvar) apareció en la primeriza redacción de Tribuna la Muralla, aquel asilo de artistas sin rumbo que acogió al fotógrafo Tomás, al escultor Antonio Campillo, Párraga y plumas tan atrevidas y diversas como las de López Precioso, Orrico, De Urbina, Luis Miguel Delgado, Abarca, don Carlos Valcárcel y tantos otros de emocionado recuerdo.

El fichaje de Soren fue inmediato, naciendo así su sección ‘Retratos en arabesco’, unas páginas llenas de gracia y soltura literarias. Desde entonces, cada mes venía a cobrar el bueno de Soren sus modestos 50 euros; los cobraba con elegancia y gran estilo pese a la precariedad notoria de los días. Se hacía acompañar en entonces por su gran amigo ‘Peru’, un artista mago del cartón que nos obsequiaba preciosas caretas y gorros venecianos creados por su arte.

Hablar de Soren, es hablar de las gambas. A Soren no le gusta el marisco; a Soren le gustan las gambas. En algún cajón olvidado debe tener alguna oda dedicada a la humilde gamba. Si fuera posible, seguro que Soren hubiese adoptado a algún rosado ejemplar que le hiciera compañía en Rincón de Seca, haciéndose émulo de Luis Sánchen Polack ‘Tip’. La gamba dormiría a los pies de la cama de Soren y la trataría como una hija, en vez de los gatos siempre esquivos y egoístas.

El amigo Soren conserva restos de la impronta liberal, con matices hippies, que estuvo de moda por los finales de los sesenta. Sus ojos de golondrina están abiertos a todo lo que se mueve y atentos a la improvisación. A Soren los versos le salen solos, no precisa de meditación alguna. Quizás precise como fondo sonoro alguna bella canción como Parole, parole, de la exquisita cantante Dalida, la que generó interesantes y divertidas polémicas con José Reforma, ‘Pito’ para los amigos, que se fue en una soleada mañana para no volver.

Si hacemos caso de su fisonomía y atendiendo a la totalidad de su persona física y su pelo. Soren podría haber hecho un excelente actor de reparto en una película de vikingos, o tal vez en alguna otra de raíces catalanas como La saga de lo Rius. El mismo Soren es pura poesía y los es mucho más desde su segundo nacimiento en aquel primero de noviembre de 2010 cuando el ictus. Afirma que le siguen resultando entrañables los paisajes de su niñez. Su portentosa imaginación le hace temer los vuelos en avión, a pesar de ser un gran admirador de Charles Linbergh. Nada le impide vestirse de Padre Damián, apóstol de los leprosos con quevedos y salacot, al quedar impresionado en su infancia por la película Molokai, la isla maldita.

Soren Peñalver es todo un ilustre artista de la tierra. Con él los sentimientos toman vida en forma de versos; genuino, original por su personalidad e imaginación desbordantes y su humildad mística. Viajero incansable, enamorado de la vida y del planeta que le vio nacer. Felicidades por tu homenaje, querido amigo; que te hagan muchos más, pues siempre serán merecidos.

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