Opinión | De dioses y de hombres
Pasión y genio

La Sagrada Familia de Barcelona, en 1905, fotografiada por Baldomer Gili Roig.
En mis años de estudiante universitario en Granada, un profesor —peculiar y tremendamente culto— me acercó hacia un libro que me marcó profundamente en aquel entonces y al que he vuelto, posteriormente, en numerosas ocasiones. El libro en cuestión nació de una serie de televisión para la BBC que trataba de explicar de forma cercana (pero con gran profundidad) la gran revolución acontecida en el arte a lo largo del siglo XX: El impacto de lo nuevo. El famoso crítico de arte de la revista Times Robert Hughes desmenuzaba, en la mítica serie y posterior libro, los distintos movimientos que tambalearon los cimientos de lo que durante siglos se había considerado como arte y que sentaron las bases para otras concepciones artísticas, para otras plásticas. Para un muchacho de poco más de dieciocho años, comprender todo aquello fue como un huracán envolvente de pasión y lucidez simultáneas.
Entre lo mucho que mi mente recuerda de aquel libro, de aquellas clases y de los numerosos comentarios del mediático especialista en arte, está un comentario acerca de una de las construcciones más famosas de nuestro país: la Sagrada Familia de Barcelona. Hughes divagaba acerca de cómo esta nunca sería terminada; veía en el genial edificio inacabado una metáfora de la sociedad y de la iglesia en la segunda mitad del siglo XX. Evidente es que la construcción que arrancó en 1882 y que Gaudí, tras hacerse cargo del proyecto unos años después, engrandeció y llevó a límites inauditos, no evidenciaba lo que ahora es una realidad: el templo está prácticamente terminado tras ciento cuarenta años de un trabajo portentoso, medieval casi, en determinados aspectos.
Gaudí es un personaje de la historia del arte del que siempre me apetece conocer más, seguir buceando en sus sueños habitables, en su obra fabulosa. He pasado numerosas horas en muchas de sus construcciones leyendo, dibujando y observando con fascinación y veneración. Hay artistas que sobrepasan determinados movimientos artísticos en los que están catalogados: Gaudí es uno de ellos. Siempre suelo decir a mis alumnos que su obra tiene una personalidad y fuerza tan marcadas que trasciende el propio concepto de modernismo para ser algo así como ‘gaudinista’, entiéndase. Ya saben que cuando el joven Gaudí obtuvo el título de arquitecto, el director de la escuela de arquitectura de Barcelona, Elies Rogent, formuló una frase profética: «No sé si hemos dado el título a un loco o a un genio; el tiempo lo dirá». El artista catalán más universal fue capaz de crear una arquitectura que bebiendo en su admiración por lo medieval, especialmente el arte gótico, alumbró una nueva forma de entender la vivienda y el espacio habitable. No sólo desde el punto de vista decorativo sino también con revolucionarias ideas técnicas como, por ejemplo, la aplicación del arco catenario o las columnas con doble torsión. Gaudí fue un gran amante y observador de la naturaleza desde niño. Sus soluciones están muchas veces inspiradas en ésta, en los orgánicos movimientos de plantas y árboles, en los huesos o conchas que estudiaba y coleccionaba.
Tras la construcción de la Casa Milá en 1912, el arquitecto no volverá a aceptar ningún trabajo para la burguesía y se centrará, única y obsesivamente, en la edificación de la Sagrada Familia. Será como uno de esos monjes medievales dedicados con tesón y constancia inaudita a su trabajo, al ir haciendo, día tras día, un poco más real ese sueño vertical de piedra. En sus últimos doce años de vida abandonó su vivienda, en el famoso parque Güell, para instalarse muy cerca del propio templo expiatorio y poder seguir mejor las obras. Tras su muerte, y como indicó en su voluntad testamentaria, sus posesiones fueron vendidas y el dinero invertido en continuar con su gran obra.
La Basílica de la Sagrada Familia está llegando, finalmente, a su última fase constructiva. En este año de 2026, se tiene prevista la terminación de la gran torre central, que simboliza a Cristo, con sus más de ciento setenta metros (será lo más alto de Barcelona). Se cumplen ahora cien años de la muerte de Gaudí. Cien años del accidente con aquel tranvía que arrolló y dejó inconsciente a uno de los genios más grandes de la historia de la arquitectura, causando su muerte unos días después y habiendo sido confundido con un mendigo primeramente. Cien años para asomarse a una obra que sin haber sido terminada fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y es el monumento, por delante del Museo del Prado y de la Alhambra granadina, más visitado de España. Disfrutemos de un genio que hoy, tras cien años de su partida, sigue más vivo que nunca en la belleza luminosa del sueño de su obra.
Suscríbete para seguir leyendo
- Arde el Parque Natural de la Sierra de la Muela y Cabo Tiñoso en Cartagena y obliga a desalojar a más de medio centenar de personas
- El viento seguirá sin dar tregua: activan la alerta amarilla para el domingo y el lunes en la Región de Murcia
- Murcia estrena la primera ordenanza del país que regula las actuaciones en la red histórica de riego
- El ángel de la guarda de Salma: 'Llegó a mi casa toda llena de sangre, no hay un centímetro de su cuerpo en el que no tenga un golpe
- La paradoja de la línea con Chinchilla: más de 700.000 euros para renovar el drenaje en un tramo de 630 metros pese a seguir cerrada
- En directo: Alcorcón-Real Murcia
- Adiós al viento, la Aemet confirma el regreso del calor sofocante: Murcia rozará este lunes los 30 grados
- En directo: FC Cartagena-Marbella
