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Opinión | Cartagena D.F.

Destino la paz

Podemos caer en el error de que lo que corren son los coches o los trenes, pero no, somos nosotros los que vamos como una moto, como si eso fuera bueno

Uno de los vagones del tren de Iryo que descarriló en Adamuz.

Uno de los vagones del tren de Iryo que descarriló en Adamuz. / Rocío Ruz / Europa Press

El tiempo es oro. La frase se le atribuye a Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos. ¡Si levantara la cabeza! La expresión surge para dar valor a cada minuto para mejorar la productividad y, por tanto, la ganancia económica, de ahí que se recurra en la comparación a un metal tan preciado. Dos siglos y medio después, vivimos en una era que va a toda velocidad, en la que las prisas son una prioridad, lo queremos todo ya, pero no lo saboreamos. Por eso, prefiero valorar el tiempo con la frase acuñada en el siglo I a. de C. por el poeta latino Horacio: Carpe Diem. A los de mi generación se nos quedó grabada gracias al profesor Keating y su Club de los poetas muertos. Este maesto estaba empeñado en que sus alumnos disfrutaran el presente ante su incierto futuro y una vida fugaz, o como más crudamente nos mostraba el sátiro romano, ante una muerte segura.

La velocidad se ha convertido en un valor excesivo en nuestro día a día; que se lo digan a los estresados repartidores de Amazon, claro reflejo de la mezcla explosiva de dos de los mayores males de nuestra sociedad del siglo XXI: consumismo y estrés. Es de ingenuos ignorar que recibir un paquete a tiempo de poder regalarlo o llegar a un lugar con más horas para disfrutar de sus encantos es una gran ventaja. Cada segundo de vida es valioso, pero eso no significa que tengamos que vivirla corriendo, porque nos pueden frenar de golpe.

Lo penoso es que apenas nos detengamos en estas reflexiones, salvo ante impactos tan horribles como el de Adamuz, que nos enseñan que ir más rápidos, a veces, supone no llegar. Basta con consultar las estadísticas de la DGT para comprobar que el exceso de velocidad es causa de la tercera parte de los accidentes mortales en nuestro país, donde 1.119 personas se dejaron la vida en las carreteras.

Podemos caer en el error de que lo que corren son los coches o los trenes, pero no, somos nosotros los que vamos como una moto, como si eso fuera bueno. Tenemos prisa cuando ‘maldesayunamos’ un café de un trago antes de salir de casa; cuando engullimos la comida para regresar a la oficina de inmediato; cuando hacemos cola en la caja del supermercado resoplando porque una señora mayor se lo toma con una calma exasperante; cuando vuelan las entradas de un concierto o un evento deportivo o cultural de éxito; cuando cruzamos o nos saltamos un semáforo en rojo... y ante un sinfín de situaciones cotidianas para las que siempre nos falta tiempo, sin que, en realidad, seamos capaces de detenernos a disfrutar de cada instante.

Adamuz y sus 45 fallecidos son una de tantas lecciones anteriores que nos resistimos a aprender, tal vez, porque si nos paramos a pensarlo, en lugar de llenar nuestros días de prisas, caeríamos en lo corto de nuestra existencia, en que apenas somos un suspiro tan grande y valioso como efímero, pero donde nada es tan urgente como para irnos antes de que nos corresponda. Un amigo nos recordaba en una valiente e inspiradora charla impartida en la parroquia de San Fulgencio en Cartagena que los católicos somos conscientes de que el momento de partir no lo escogemos nosotros, aunque mejor si no ponemos a prueba a Dios y esquivamos las situaciones de peligro.

El dolor de las víctimas de Córdoba, las muestras de solidaridad y consuelo de tantos héroes anónimos servirán de poco si continuamos sin darnos cuenta de que la carrera es contra nosotros mismos y que la victoria no es de quien llega el primero o el que dura más, sino de quien más exprime su paso por esta historia llenando sus páginas de amor, que nada tiene que ver con un cosquilleo interior, sino con la capacidad de ser generosos y mirarse menos el ombligo. Supongo que muchos no compartirán esta postura, pero sí creo que es innegable que este mundo global en el que nos movemos iría mejor si los valores que ensalzamos ante tragedias como la vivida se mantuvieran y propagaran durante todo el año, durante toda una vida fraguada a fuego lento.

Ya lo dice el refrán: las prisas son malas consejeras. También para ponerse el chaleco amarillo para salir en la foto de las autoridades con cara compungida o para exigir explicaciones con la misma premura de quienes tratan de escurrir el bulto.

Que nadie confunda que no tengamos prisa con que podamos abusar de la paciencia y del tiempo que nos dan otros. El respeto y solidaridad hacia las víctimas de Adamuz no oculta el intolerable retraso de la llegada de una infraestructura como la del AVE a algunos territorios de nuestro país y, en eso, Cartagena está en cabeza, porque no queremos llegar antes, solo queremos llegar.

Termino con una oración por los fallecidos en el accidente ferroviario para que su destino sea realmente descansar en paz, la misma que sus seres queridos necesitan ahora de nosotros.

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