Opinión | Grullas de papel
El canto secreto de una aurora boreal

'Mujer tocando el saenghwang sobre un barco'. Pintura tradicional coreana, siglo XIX.
Profetas del mañana
George Orwell y Aldous Huxley tuvieron una sagacidad penetrante, una clarividencia fuera de lo común, inspirada -no lo sabemos- por un dios o un demonio. Orwell pronosticó en su obra 1984 la división del planeta en extensas áreas continentales, que, dominadas por autoritarismos atroces, lucharían entre sí como gigantescos reinos combatientes. Huxley, por su parte, descubrió en Un mundo feliz la esencia del despotismo contemporáneo, aquel que ejerce su poder a través de la gestión del bienestar y los placeres, no tanto a través de la coerción o la represión. Fueron grandes profetas. Hablaron a la humanidad de forma novelada y simbólica.
Hubo otros que igualmente advirtieron al mundo. Lewis Sinclair en su novela Eso no puede pasar aquí brindó la imagen de un hombre, en los Estados Unidos, llamado Buzz Windrip; salido durante los años treinta de entre las anónimas filas de los mediocres, se encumbró hasta las cimas más elevadas del poder. Windrip rechazaba a los extranjeros y odiaba el sistema establecido. Su retórica a favor de los quejumbrosos americanos corrientes, olvidados por las fuerzas políticas tradicionales, suena extrañamente familiar, vigente, aterradoramente coherente casi un siglo después. Y cuando Stephen King escribió La zona muerta, lanzó al aire otra prodigiosa profecía a través de la persona de Greg Stillson, devoto de la violencia y la demagogia, candidato a la presidencia norteamericana, que, en su meteórica ascensión resultaría capaz, si nadie se lo impedía antes, de provocar una guerra nuclear para mantenerse en el poder.
—Vuestro desarrollo es insostenible-, rezaba una pintada anónima que vi en mi juventud. Estaba escrita sobre un muro, al borde de la carretera, de manera que todos los viajeros la veíamos. El mundo está lleno de profetas inspirados. No podemos quejarnos de las advertencias recibidas.
Las voces del silencio
Toru Takemitsu amaba los largos paseos en medio de la naturaleza, gozaba de un silencio desconocido, olvidado, para los hombres de la civilización industrial. Al contemplar las ruinas abandonadas de las modernas minas de Chikuhō sintió cómo la obra humana acababa finalmente regresando al silencio de donde había partido. La historia de la humanidad -se dijo para sí mismo- es una forma continua de apilar ruinas, mientras la naturaleza reclama lo que es suyo por derecho. Aquel paisaje industrial, convertido de repente en un paisaje sentimental, hizo pensar al gran compositor en las antiquísimas pirámides, gigantes funerarios y silenciosos, junto a las orillas del inmortal Nilo.
El corazón roto
James Brankok es un hombre joven de los primeros años del siglo XX. Enfermo de civilización, hastiado de la vida, aburrido de todo, decide ingerir una planta usada por los antiguos egipcios. Con ella quedará aparentemente muerto, en un estado latente. Su propósito es ser despertado en los comienzos del siglo XXI. El descubridor de la planta, el científico Toby Holker, tan harto de la vida como el muchacho e igual de nihilista que él, decide acompañarle en este particular viaje al futuro. Ambos se entregan a los brazos de un sueño profundo disfrazado de muerte, no sin antes dejar instrucciones precisas a futuros albaceas para su resurrección a comienzos del siglo siguiente. Tal es la historia que Emilio Salgari quiere contar con Las maravillas del 2000. Ambos viajeros no desean seguir viviendo en realidad, son ejemplos evidentes de un spleen que les ha carcomido hasta la médula de los huesos. Tanto hubieran podido suicidarse como viajar en el tiempo. Los crononautas despiertan, en efecto, a comienzos del siglo XXI, en una era dominada por las telecomunicaciones a través de ondas, con medios de transporte extraordinariamente veloces. La impronta de una civilización eléctrica confería una inusitada rapidez a los comportamientos, a las palabras, a los movimientos y a los simples pasos de un hombre caminando. Semejante estado de agitación nerviosa, habitual para los habitantes del siglo XXI, era insoportable físicamente para ellos, nacidos todavía en el siglo XIX. El cuerpo colapsa, el alma se quiebra junto con la mente. Al final, la máquina acelerada del corazón deja de funcionar, y mueren.

'Mujer tocando el saenghwang sobre un barco'. Pintura tradicional coreana, siglo XIX / L. O.
El aliento del mundo
Hay un instrumento japonés llamado shō, conocido como saenghwang en Corea. Se trata de una especie de órgano de boca, formado por varillas de bambú. Crea un ritmo latente y emite notas largas y continuas que el músico provoca al exhalar e inhalar a través de una boquilla lateral. El sonido del shō se encuentra íntimamente unido a la respiración y al control de la misma por parte del oficiante. Esta música, muy lejana de la música europea que está sujeta a un plan, a una finalidad, y a sistema de notación, es por el contrario el mismo aliento del mundo, que logra la unión del músico y de sus oyentes con la totalidad del ser.
— Al comienzo no había nada, formas sin forma y espacio vacío. Pero el aliento de Dios soplaba sobre las aguas.
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