Opinión | ESTE HUMANO DESORDEN
Todos quisimos hacer algo grande antes de marchitarnos demasiado

Obra 'Closeup of family eyes' / L.O.
En aquella época todos y cada uno de nosotros quisimos siempre dejar una firma de luz en la pared del mundo o escribir nuestro nombre en la negra espalda del Tiempo. Incluso quisimos en secreto fundar ciudades invisibles. Nuestros sueños y nuestros pensamientos podían caminar entonces sin hundirse en el agua, empujados por esa fiebre de no desaparecer nunca del todo, pero lo grande era arder, lo grande era no vivir de rodillas, era no claudicar, no rendirse pronto, sentir la certeza de que la vida nos pertenecía de lleno. No queríamos ser pasajeros, sino arquitectos de algo que resistiera todas las lluvias y las épocas. Queríamos alumbrar el futuro con palabras, con música, con cuadros al óleo, con rebeldía, con rabia… Acariciar lo frágil sin miedo a que se rompa. Y corríamos tras la belleza con hambre de eternidad. Una vez alguien me confesó que, de joven, soñaba con inventar una ternura que nadie hubiera practicado jamás, y después estuvimos hablando de construir con barro y espejismos un puente desde la orilla de lo real a la orilla de lo soñado. ¡Qué fantásticos éramos! Fue una tarde preciosa de aquellos años en que estaban de moda los vodkas con naranjas y los pensamientos elevados.
Por eso leíamos a filósofos que hicieron también con toda su obra un intento de esculpir constelaciones levantando pensamientos y sistemas como quien alza catedrales de calor para que el ser humano no se sienta solo en mitad del frío del universal, y también leíamos a otros escritores que sembraron aforismos en la garganta de las aguas que pasaban desbordadas hacia ese final al que siempre se encaminan los ríos cuando llegan al mar con desgana. ¡Qué bien llegan al mar los ríos con desgana!
Recuerdo que cuando leíamos mucho y sentíamos eso, nos quedábamos despiertos hasta muy tarde pensando en algo que tuviese sabor a trascendencia, en cómo erigir una verdad más alta que nosotros mismos, porque urgía inventar un gesto irrepetible, hacer algo con las ideas y el lenguaje hasta sangrar. María Zambrano nos enseñó que «la vida humana no se cumple, se ensaya» y esa ilusión por hacer algo grande era siempre nuestro máximo ensayo de felicidad y de sentido. Pero los relojes nunca tuvieron compasión de nosotros y poco a poco aprendimos que el tiempo no concede prórrogas, que cada hora de vida podía ser un diluvio o una moneda que se oxida en el bolsillo de un triste.
Después poco a poco, la vida comenzó a deshacer esa arquitectura de ilusiones y como dice Clint Eastwood a Francesca en Los puentes de Madison: «Los viejos sueños no se han cumplido, pero me alegro de haberlos tenido». Yo también me alegro de haberlos tenido porque nos dieron sentido y consuelo. Así hasta que al final comprendimos que marchitarse demasiado no era lo peor, ni siquiera envejecer era lo peor, sino olvidar aquel instante de nuestra juventud en que todo se abrió como una flor muy blanca que parecía pedirnos una grandeza íntima, secreta, que debimos cuidar. Y pienso entonces en estas palabras de T. S. Eliot: «No dejaremos de explorar, y el final de toda nuestra exploración será llegar al lugar del que partimos y conocerlo por primera vez». Quizá eso sea lo grande: haber sostenido lo suficiente esa ilusión que arde como un mandato y permanecer fiel a ella, sostener esa sed hasta la muerte.
Y había también quienes creían que lo realmente grande e importante consistía en poseer una sola verdad y quedarse a vivir dentro de ella, que en realidad es también lo más parecido a marchitarse. Y quienes preferían encontrar muchas verdades pequeñas e imperfectas, pero intensas y cómodas, y quedarse a vivir con ellas en un barrio humilde lleno de ventanas y estufas de butano encendidas en medio del invierno. Lo grande, pensábamos, no tenía que ver con el éxito y los aplausos, sino con resistir, aguantar bien el tipo cuando se apagan las luces y la fiesta termina y da paso a la materia pobre de los días, porque teníamos esa obstinación casi ridícula por creer que todo podía ser distinto. No queríamos renunciar a lo real, pero tampoco rendirnos ante su crudeza.
Aquellas tardes de entonces tenían algo de laboratorio humano y de ceremonia mística. Hablábamos de libros que aún no existían, de sueños que solo estaban en la cabeza de un eremita o algo así. A veces nos bastaba encontrar una frase subrayada en un libro o escrita en un muro de la Facultad para alimentarnos de ella durante semanas enteras. Otras veces compartíamos el silencio fumando Ducados y bebiendo coñac. Éramos jóvenes y creíamos, ¡qué palabra más peligrosa: creer!
Luego llegó el tiempo de echar las cuentas y la vida, que nunca firma contratos, comenzó a cobrarse su peaje, trabajos que no elegimos, amores que no supieron durar, pequeños fracasos que se fueron acumulando en el corazón como polvo en los zapatos. Y casi todos cambiamos la épica por el realismo sucio. Pero algunos siguieron empeñados en arder, y los más silenciosos, los más humildes, lograron inventar una ternura practicable, una forma de estar en el mundo que no saliera en los libros, pero que les salvara los días.
Tal vez la verdadera resistencia no sea nunca la que desafía a las épocas, sino la que aprende a convivir con ellas.
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