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Opinión | MISA DE DOCE

Mediación

El pasado miércoles 21, con motivo del Día Europeo de la Mediación, de manos del Punto Neutro de Promoción de la Mediación, a través del Tribunal Superior de Justicia de la Región de Murcia, tuve el honor de recibir un reconocimiento por el fomento de las actividades del PNPM como director de la Filmoteca Regional Francisco Rabal.

Fue un acto fraternal, cargado de profunda emoción, en los que los profesionales de la mediación reivindicaron su protagonismo y la importancia de su trabajo. Un trabajo, en la mayoría de las ocasiones invisible, realizado de manera altruista sin ningún tipo de contraprestación económica a cambio.

Lamentablemente, en la actualidad, el conflicto se ha consolidado como el rasgo predominante y denominador común de nuestra convivencia social. Es por ello que, ahora más que nunca, debemos y tenemos que ensalzar la figura de los mediadores y darle una oportunidad al proceso que ellos proponen.

La mediación, por si hay algún lector despistado que no sepa de qué carajo hablamos, es un procedimiento por el cual dos partes en conflicto se sientan a dialogar voluntariamente y de este modo, con la ayuda de un mediador imparcial, alcanzar un acuerdo satisfactorio para ambas partes que evite la apertura de un proceso judicial.

La mediación, al menos en el ámbito penal, aplica los fundamentos de la justicia restaurativa cuyos principios son la restitución del daño, escuchar al agraviado y que el infractor asuma su responsabilidad; además de, dependiendo de la coyuntura, restaurar relaciones promoviendo la empatía para prevenir futuros conflictos.

A diferencia de la penal, la mediación social o civil no aplica necesariamente los principios de la justicia restaurativa ya que, con relativa frecuencia, víctima y agresor no suelen estar diferenciados, siendo por consiguiente su objetivo resolver el conflicto mediante el diálogo. Diálogo, esa es la clave y la llave que aún puede salvarnos. Y es que nuestra sociedad actual, tan fragmentada y polarizada, parece vivir bajo los efectos de una suerte de sordera emocional como consecuencia de nuestras ideas preconcebidas que distorsionan y nos impiden escuchar lo que nuestro interlocutor quiere decirnos.

En este sentido, es capital, casi una cuestión de emergencia social diría yo, que las autoridades competentes tomen conciencia del papel de la mediación como vehículo para solucionar conflictos e inviertan más y apoyen la creación de nuevos centros de arbitraje y conciliación.

Además, es de justicia reivindicar la figura del mediador como profesional asalariado ya que su trabajo requiere de formación especializada que, para poder ponerla en práctica eficientemente, requiere de tiempo y compromiso que, bajo ningún concepto, pueden seguir sosteniéndose sobre los pilares del altruismo.

Gracias, mediadores, gracias Nati, gracias Cristina, por vuestra labor, vuestra generosidad y compromiso, y por utilizar la palabra, el diálogo, para construir una sociedad mejor.

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