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Opinión | La balanza inmóvil

Magistrado

Impresionado estoy

Ilustración de Leonard Beard

Ilustración de Leonard Beard / Leonar Beard

Aún estoy impresionado por lo del juez maduro de 92 años que está tramitando lo del bailarín Maduro. Bailes que solo los supera Trump —lo digo por miedo a que me ponga un arancel a las puñetas—. Y mira que después de tantos años de juez, pocas cosas deberían ya sorprenderme. Sin embargo, cuando las reglas de la lógica y de las máximas de experiencia quedan rotas, todavía me sofoco. Y es que, cuando algo empieza mal, suele seguir peor, y acaba fatal. Al egocéntrico y narcisista —por ser benévolo— se le ocurre, por eso de demostrar al mundo que es él quien lo domina, sacar a la fuerza a un dictador de la cama —gracias supuestamente a una colaboración interna valorada en 50 millones de dólares— matando a sus guardaespaldas cubanos, para subirlo en un helicóptero, después en un barco y por fin en un avión —le faltó solo el tren y el metro— para llevarlo a New York. Y dice que es para que sea juzgado por narcotraficante por un juez nonagenario, cuyos reflejos —salvo que sea el Superman de las pelis—, al igual que su dote de concentración, necesariamente se encuentran capitidisminuidas sensiblemente. Pero eso es Trump y la Justicia norteamericana. Dios nos libre de ambos.

Una cosa es que todos nos alegremos de que Maduro fuera apresado, pero de ahí a justificar la forma de hacerlo, hay un océano por medio. El derecho internacional se lo pasa Trump por el forro de sus tintes. ‘Yo mando y tú obedeces’ es su lema. Lo malo es que lo está consiguiendo por miedo. Coloca a la segunda de a bordo de una dictadura al mando de Venezuela, pero ella no pinta nada, y además Trump presume de ello. Al poco tiempo, la que ganó el Premio Nobel es recibida por el presidente Trump —pero entrando por la puerta de la cocina— y se rebaja a ofrecérselo. Ahora entiendo por qué no debe presidir tampoco ese país. Y es que el siempre moreno o naranja presidente nos tiene a todos acongojados. Ahora te secuestro, ahora te pongo, ahora te quito, ahora subo aranceles, ahora invado Groenlandia, ahora… Ahora, ojalá, lo destituyan de una vez, porque nos puede llevar a un desastre mundial con sus delirios de grandeza.

Y nos quejamos de Sánchez, cuya última idea ha sido que un independentista condenado por sedición marque la ruta económica de la España que detesta. Hay un principio que se llama dignidad, que impide aceptar cualquier cosa que venga de ese tipo, de un prófugo o de un exetarra. Así que, cuanto antes nos quitemos a nivel mundial y a nivel nacional a estos personajes —a los que les importa nada el bien de los demás, pues solamente les mueve el poder—, mejor que mejor. Menos mal que para eso están las urnas, para demostrarles que el pueblo no es tan necio como ellos piensan, pues calladito y sentadito les espera en las próximas votaciones quitándoselos de en medio, ya sea de una vez en las generales o gota a gota, a través de las elecciones autonómicas. Ya solo a Cataluña, y si acaso el País Vasco, les puede parecer bien esa forma de gobernar sin Parlamento y sin presupuestos generales. Al resto de las comunidades, incluidas las del PSOE, les parece que tantas concesiones a unos pocos en perjuicio de la mayoría general son un insulto a la inteligencia y por supuesto a la solidaridad.

A lo mejor tengo que llegar a los 92 años, si fuera posible, para dejar de impresionarme por estos personajes. Para que me resbale todo —que Dios no lo quiera— y pueda entender que las derechas son las derechas, las izquierdas, las izquierdas, y que los programas electorales están para cumplirse y no para engañar o cambiar de opinión. En cualquier caso, estoy planteándome irme a vivir a New York para ver si así puedo seguir ejerciendo hasta los 100 años, con la lucidez que caracteriza a los americanos. Claro que si es Trump el que me tiene que elegir —independencia judicial se llama a eso— mejor me quedo paseando por mi Región como buen jubilata arreglando el mundo en tertulias semanales con los idem.

Que no, que no es posible saltarse el derecho internacional de esa manera, por prepotencia o simplemente si te cabreas por no embocar en los golpes predeterminados en el hoyo 24 de tu campo de golf. Que el mundo no es tuyo, ni siquiera América, cuanto menos Venezuela y Groenlandia. Como diría la gran decepción de este país, por qué no te estás quieto (él decía por qué no te callas).

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