Opinión | Mamá está que se sale
¡Fuera de aquí!
Los responsables de gestionar los servicios públicos están empezando a ser un verdadero problema

Accidente ferroviario de Adamuz / Manuel Murillo Martínez / COR
Cuando empecé esta columna, la idea era contar la vida cotidiana de una madre trabajadora. Ese carrete da mucho de sí, porque casi todo lo que me ocurre es tan universal y cotidiano que cualquiera, aquí o en la China, se puede sentir identificado. Mi vida es, gracias a Dios, bastante normal.
A veces trato de no contar más de la cuenta. Ya sabes que, en el mundo de hoy, todo queda como si lo grabásemos en piedra, y eso me hace intentar ser prudente. Pero no sé de qué hablar hoy. Qué otra cosa puede ocupar nuestra mente, si no es la tragedia de los trenes.
«No sabemos ni el día, ni la hora», decimos los cristianos, y en paz descansen los fallecidos. Seguramente sería su hora y sólo podemos decir amén. Pero qué rabia y cuánta indignación. En esos trenes podríamos haber ido cualquiera de nosotros. La vida de cada una de esas pobres personas era tan cotidiana como la nuestra: familias, estudiantes, trabajadores…
La tragedia, además de serlo en sí misma, está empezando a tener el efecto de hartazgo generalizado. Estamos hartos. Hemos sufrido pandemias; ni se sabe desde cuándo estamos en crisis; hubo un volcán en La Palma que sepulto media isla; cayó la nevada Filomena colapsando Madrid; una dana arrasó, literalmente, varios municipios valencianos, ahogando a más de doscientas personas; sufrimos un apagón sin que nadie sepa, ni diga, por qué. Y siempre el ciudadano de a pie se las tiene que arreglar solo.
Faltaba que se estrellasen dos trenes. Nos dicen que están en su mejor momento, pero se caen a pedazos porque ya no queda esparadrapo. Es indignante.
Hemos llegado a un punto en que los responsables de gestionar los servicios públicos, ya sean políticos, gestores, presidentes o lo que quieras, están empezando a ser un verdadero problema. Su labor es mejorarnos la vida, pero parece que sólo mejora la suya.
De sobra sabemos que el mantenimiento de esas infraestructuras es costosísimo. Y eso hace que sea una inversión indigesta para estos gestores ineptos, cortos de miras en lo que al progreso se refiere. Más dispuestos a subvencionar el chiringuito de turno, que les garantice los votos, que a invertir en infraestructuras que resultan invisibles en su carrera política.
Este tipo de gestores mediocres necesitan fuegos artificiales para poder lucirse, y para desgracia de los ciudadanos, si el tren funciona nadie lo nota, porque las cosas bien hechas no hacen ruido.
Felipe González decía «meteremos la pata, pero no meteremos la mano». Ha llegado el momento en el que meten la mano, y también meten la pata. Que el anterior ministro de Transportes esté en prisión, y la anterior directora de Adif, imputada, acredita que metían la mano. Y el domingo supimos que también metían la pata. Sobra cualquier explicación. Y sobran estos políticos.
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