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Opinión | Boulevard Flandrin

La toalla y el que se quedó

El futbolista senegalés Sadio Mané cuando jugaba en el Bayern Münich

El futbolista senegalés Sadio Mané cuando jugaba en el Bayern Münich / L.O.

Mendy se seca las manos como quien se seca una duda. La toalla pesa como pesan los segundos cuando te los quitan. La deja a un palmo del poste y ahí empieza otro partido. Los recogepelotas no paraban de robársela. Va y viene. Su compañero acaba pegado al palo, custodiando un trapo en la final de un continente. La soberanía del portero era una toalla, una bandera pequeña.

La trampa grande escandaliza; la pequeña se normaliza. Y en el fútbol, como en casi todo, lo peor no es que ocurra, sino que deje de sorprender. La ventaja empieza siendo un detalle y termina instalada como costumbre. El miedo a ganar, parece que también. No nos indigna la trampa, nos indigna que funcione. Nos molesta porque lo reconocemos. No es que falten reglas; es que hemos dejado de creer que nos protegen.

La mancha se queda cuando la pillería se llama 'inteligencia', cuando la ventaja se vende como 'carácter'

Luego llegó el VAR, ese confesionario electrónico donde la culpa se examina a cámara lenta y ‘a coscoletas’. Comprobamos más y creemos menos: también fuera del estadio. Lo que se discute no es solo el penalti; es la fe en el procedimiento. El problema ya no es el error; es la pérdida de crédito del árbitro, del sistema, de la escena.Se pitó penalti a favor de Marruecos por una acción sobre Brahim, se revisó la jugada y Senegal se marchó al vestuario. Irse era conservar ‘la dignidad’. Volver era exponerse al ridículo, el impuesto de jugar. Pero era necesario. ¿Cuándo dejamos de discutir por justicia y empezamos a discutir por conveniencia?

Entonces ocurrió esto: Mané se quedó en el tapete. Miró al túnel del vestuario y fue sacando a los compañeros uno a uno, como quien rescata una decisión del incendio. Fue el único que no bajó los brazos. A veces liderar es impedir que tu equipo se vaya de sí mismo. Cuando regresaron, Brahim lanzó el penalti a lo Panenka, ese lujo temerario de quien «quiere ser más frío que el miedo». Mendy la paró. El estadio entró en parada cardíaca. Infantino, también.

Después de tanto detalle sucio, el fútbol hizo lo que mejor sabe: ofreció un final. Senegal terminó ganando su segunda Copa de África. Un título también es una forma de ocupar un nuevo espacio en un mundo que reparte mapas. Y entonces aparece la tentación del final feliz, esa idea infantil de que el trofeo lava lo ocurrido. No lo lava. Como mucho lo tapa, una forma moderna de limpiar. La mancha se queda cuando la pillería se llama ‘inteligencia’, cuando la ventaja se vende como ‘carácter’ y cuando la calma empieza a molestar más que la trampa.

Decimos que el fútbol une, pero lo que de verdad hace es retratarnos. Por eso lo de Mané importa menos como ejemplo que como anomalía. Fue raro. No hacía ruido. Y en un tiempo en el que todo invita a irse, lo raro empieza a ser quedarse.

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