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Opinión | Dulce jueves

La paradoja de Davos

El logotipo del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza.

El logotipo del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. / Michael Buho

Leí una crónica sobre el Foro de Davos en un periódico de izquierda que no entendí muy bien. Decía que Davos era el símbolo de una época que está desapareciendo. Un tiempo de libre comercio, de inversiones sin fronteras, de expansión democrática y de cosmopolitismo, que ahora se encuentra amenazado por la fragmentación financiera y la regresión democrática impulsadas por el movimiento nacionalpopulista de Trump y compañía.

Este foro es la cumbre del poder político y financiero que mueve el mundo. Cada año, las personas más poderosas y ricas del planeta —empresarios, directivos de multinacionales, banqueros y líderes políticos— llegan con sus aviones privados a una estación de esquí suiza para discutir nuestro futuro, tomar decisiones sobre la economía o el clima. Y lo hacen, tanto en el viejo mundo como en el nuevo, sin ninguna legitimidad democrática.

Cada año en este foro las personas más ricas del mundo discuten nuestro futuro y lo hacen sin ninguna legitimidad democrática

En los años noventa y en la primera década del siglo, era la izquierda quien se movilizaba contra el Foro Económico Mundial, no porque representara un motor de democracia y libre comercio, como se dice ahora, sino por lo contrario: por su agenda neoliberal, responsable de la desigualdad, la pobreza y la destrucción ambiental. Davos era el símbolo de una élite que tomaba decisiones en defensa de sus propios intereses, de espaldas a la gente. El caos de hoy es el resultado de la falta de control democrático de un sistema cuya prioridad no era el bien común, sino los beneficios de las corporaciones de los países ricos. Por eso resulta desconcertante que hoy Davos aparezca descrito como un bastión del orden liberal frente al avance del autoritarismo.

¿Quién se opone ahora a Davos? Formalmente, la oposición viene de la ultraderecha populista. Trump, Orbán o Milei desprecian cualquier cosa que huela a élite globalista y ven en Davos una conspiración de burócratas, tecnócratas y millonarios. Y aquí está la paradoja de nuestro tiempo. Trump no combate el capitalismo, lo quiere más crudo y menos sujeto a reglas. Su proyecto no es una alternativa al orden de Davos, sino una mutación del mismo sistema: la misma concentración de poder, pero sin complejos, sin contrapesos y sin retórica universalista. Es una rebelión desde dentro.

¿Dónde está la izquierda?

Mientras tanto, ¿dónde está la izquierda? Ya no lidera una oposición coherente a Davos. No defiende el sistema, pero tampoco lo desafía. A veces incluso lo tolera como un mal menor frente al caos reaccionario. Esta posición incómoda obliga a una defensa indirecta de un orden que antes se denunciaba, no porque se haya vuelto democrático, sino porque la alternativa parece más oscura, brutal y autoritaria.

Davos no representaba un mundo justo. Y ni siquiera compararlo con lo que viene, nos debe parecer razonable. El sistema que nos trajo hasta aquí no puede ofrecerse ahora como un refugio o un mal menor. Puede que no sea el problema más urgente, pero tampoco es la solución. Si Davos es el espejo siniestro de lo que somos, no puede ser una alternativa a Trump. En todo caso, es un síntoma de la desorientación ideológica: no saber si, cuando creemos defender la democracia, defendemos todavía un principio o si nos aferramos a un orden que nunca la garantizó y que llevaba dentro su propio virus antidemocrático.

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