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Opinión | La Feliz Gobernación

Mamarrachos fuera

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente (centro), junto al director de Tráfico de Adif, Ángel García de la Bandera (derecha), y al director de Operaciones de Renfe, José Alfonso Gálvez (izqquierda).

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente (centro), junto al director de Tráfico de Adif, Ángel García de la Bandera (derecha), y al director de Operaciones de Renfe, José Alfonso Gálvez (izqquierda). / Gustavo Valiente

El ministro Óscar Puente, un tipo percibido hasta ahora como poco poliédrico, se nos acaba de revelar en una faceta inesperada como experto psicólogo, capaz de identificar las conductas ajenas no por lo que pretextan sus protagonistas sino por una deducción propia sobre las supuestas emociones de los demás. Así, ha justificado la convocatoria de una huelga de maquinistas ferroviarios por la afectación emotiva del colectivo derivada de que hayan fallecido en accidentes dos de sus integrantes. De ser así, sería la primera vez que se convocara una huelga sectorial para expresar duelo.

Sin embargo, por lo que sabemos todos menos Puente, los maquinistas intentan expresar su descontento por la desatención que el ministerio de Transportes ha venido prestando a sus advertencias acerca de deficiencias en los trazados de vías, entre ellas en la zona siniestrada al paso por Adamuz, y en otras, como en los trayectos desde Madrid a Barcelona, a Zaragoza o a Valencia, de las que se sabe. Unas advertencias que el ministro solo parece haber escuchado una vez producido el accidente fatal, a la vista de las órdenes dictadas sobre reducción de velocidad en esas líneas, en algún caso contradictorias, como de prueba, con los pasajeros como conejillos de indias. Los maquinistas, por fin, han empezado a ser escuchados, pero una vez que las fatales consecuencias que predecían se han producido.

Atribuir la convocatoria de la huelga de los maquinistas al impacto emocional en su profesión por la muerte de dos de ellos es tan miserable como ironizar en su día sobre el calorcito que sufría el Gobierno de Castilla y León por la proliferación de incendios en esa Comunidad.

Va siendo hora de que en los servicios públicos esenciales del país, en los que se pone en juego la propia vida de los ciudadanos, los activistas políticos y tuiteros sean sustituidos por gestores en los que se pueda confiar, gente que no tenga precedentes en echar cadáveres sobre la mesa de otras Administraciones cuando las tragedias no se refieren a sus competencias y, sobre todo, que no practiquen la impostura del psicologismo barato para eludir las verdaderas razones del descontento de los profesionales ferroviarios. Fuera mamarrachos.

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