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Opinión | Pasado a limpio

Malos tiempos para la épica

El actor y director de cine estadounidense John Wayne.

El actor y director de cine estadounidense John Wayne. / L.O.

El poema de Bertolt Brecht Malos tiempos para la lírica es un lamento existencialista en los años malditos del auge del nazismo. El autor se debate entre las escenas hermosas que contemplan los enamorados y el horror de los discursos del pintor de brocha gorda, pero sólo estos últimos le motivan para escribir. La referencia a Hitler, que no fue admitido en la Academia, es muy explícita. Las grabaciones de sus discursos ante la Puerta de Brandemburgo resuenan en nuestros oídos como el badajo de una campana funesta. La historia que sucedió después, no por menos conocida, sigue produciéndonos un escalofrío que recorre el cuerpo como un torrente de sangre envenenada.

La memoria cinematográfica acude en mi auxilio para ilustrar la agonía del lirismo. Tiempo de amar, tiempo de morir (Douglas Sirk, 1958), basada en la novela de Erich María Remarque Sin novedad en el frente, narra el regreso de un soldado alemán a su pueblo durante un permiso, el amor que encuentra en la hija de un represaliado y la trágica vuelta al frente ruso.

Pero detengamos un momento el curso de la historia y pensemos qué momentos de gloria nos dejó esa condenada guerra. Sí, tenemos la idea de la Resistencia Francesa, la entrada en París, el desembarco de Normandía, la batalla de Montecassino y otros episodios, oscurecidos todos por las sombras tenebrosas de Auschwitz, Treblinka y otros campos de exterminio, pero también Hiroshima y Nagasaki. Cualquier acto de heroísmo palidece ante las puertas del averno que se abrieron durante la II Guerra Mundial, porque el infierno habita en los corazones de los malvados.

Un nuevo orden mundial surgió de aquella catástrofe, pero no, tampoco ese equilibrio de fuerzas fue ejemplo de concordia, antes al contrario, el muro de Berlín, la carrera armamentística nuclear, las guerras de Corea y de Vietnam o los incontables enfrentamientos indirectos en los cinco continentes llevaron la tensión entre los bloques a extremos casi fatídicos. La desintegración del mundo soviético puso final a la guerra fría, pero también ascendió al mundo capitalista a una suerte de preeminencia moral que, más que apariencia, es vanitas vanitatum et omnia vanitas.

La épica remonta sus orígenes a las expresiones humanas más primitivas y, por supuesto, a las primeras manifestaciones artísticas. Los griegos invocaban a la musa Calíope, la de bella voz, a la que Homero le pide, no que cuente, sino que cante al oído la cólera de Aquiles. El aedo nos habla de los dos primeros héroes novelescos, Aquiles el peleida en la Ilíada y Ulises de Ítaca en la Odisea. Son indiscutiblemente los primeros de Occidente. Hasta Centauros del desierto (John Ford, 1956) la Historia del Arte está plagada de miles de ejemplos, desde Robin Hood o Jean Valjean, pasando por los caballeros andantes o el mismo Don Quijote derrotado, los samuráis sin señor (ronin, guerreros errantes). Antes de que el cine les pusiera cara, la literatura nos nutre de incontables ejemplos. ¡Qué decir de nuestro Mio Cid del que habla el primer poema épico en castellano!

El orden mundial nacido de la II Guerra Mundial, que conservaba la figura del héroe, ha sucumbido en nuestra era en favor de los miserables. El líder de la potencia militar resulta ser un megalómano narcisista que reniega de sus antiguos aliados. Forja alianzas con personajes canallas y violenta a su propia gente haciendo de su casa un campo de batalla; no respeta la ley ni a sus iguales, sean propios o ajenos. Pero es el corifeo de una troupe gregaria y nefanda que se extiende por los rincones donde habita el rencor y el odio.

En el foro de Davos volveremos a ver otra exhibición de narcisismo infantiloide. Tiene en sus manos un imperio comercial apoyado en el mayor y más sofisticado ejército. Capaz de destruir a miles de kilómetros al más aguerrido de los héroes antiguos.

Vemos a nuestro alrededor cómo triunfan los inmorales. Sólo quedan héroes de cómic para entretenimiento de historias infantiles y el cine se nutre de violencias extremas. Pero en algún lugar de nuestra memoria todavía habita aquel guerrero que llamaba ‘Minaya’ a su compañero de armas, Álvar Fáñez, que significa ‘mi hermano’ en lengua euskera, porque los héroes antiguos no sabían de fronteras y las lenguas no separaban, pues el código de honor estaba escrito con la misma sangre.

Tiene gracia, lector amigo, que apele a la épica y a los tiempos de los héroes alguien que es pacifista convencido. Será que Calíope sigue cantando a mi oído las gestas antiguas, cuando existía el honor y los hermanos no se daban la espalda.

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