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Opinión | PAN PARA HOY

El almuerzo del Gaya

Pasaporté la temporada de exámenes esa misma mañana. En mi teléfono, un mensaje: «Si te vienes al centro de mayores de San Miguel, te invito a almorzar». Se adjuntaba la foto de una tortilla deliciosa y un alimento rebozado inidentificable. Era de las 11:13 y ya habían pasado veinte minutos, por lo que me invadió el temor ante la posible pérdida de aquello que nunca tuve. «Voy volando» fue mi respuesta a las 11:36. Me impacienté; tuve que llamar para obtener una prueba de vida de mi pobre tortilla. Luz verde. Me calcé las sandalias aladas y volé como Hermes para anunciar el rugido de mis tripas, que habían pasado la noche en vela y solo conocían el ayuno, sin prefijo que lo erradicase. Quedaba una poca tortilla. A la mesa, de la que se marchaba Aquico por motivos laborales, se sentaban mi padre, don Miguel Massotti y su excelsa señora Mati, así como el más lunático de los murcianos, Emilio Morales. Prueba su buen gusto que llevase cebolla. Me faltaba manduca, pero una tapa de migas mitigó mis fatigas. Y una cervecita, claro está.

El ánimo se me abría a la primavera de un horizonte sin exámenes y, como tal, estaba dispuesto a todo. Nos encontrábamos cerca, por lo que no pareció una mala idea acercarnos al Museo Ramón Gaya, donde Morales actúa como comisario de una exposición de los grabados taurinos de Goya. También ejerce de mosca cojonera del director, Rafael Fuster, agraciado con la paciencia inquebrantable que se precisa para aguantar a este comisario calvario.

En aquel lugar estuve con quince años. Unos franceses venían a nuestro instituto de intercambio, y los profesores decidieron llevarnos allí. Pasamos del tema, porque todavía no entendíamos que la vida imita al arte y solo andábamos pendientes de la nueva vida que descubríamos. Después he vuelto alguna vez. Me encandila Gaya: transparente, lleno de luz.

Pero cuando uno va a un museo de globero, aprisa y de pasada, se deja mucha carne pegada al hueso. Cuando te guía el mismo director, comienzas a detenerte en lo que no sabías existir. Rafael nos contó una bonita anécdota sobre el cuadro El durmiente de Salzillo: frente a san Juan, que descansa sobre el pecho de Jesús, un mantel y una flor. También algunos tomates, comprados esa mañana y colocados sobre el papel que los envolvía; agua y una copa de vino. Para poder acceder a la obra, tuvieron que regalarle la botella al custodio de las llaves del templo.

Subimos a la azotea, donde sorprendí a Murcia mirándola desde otro rincón. Eché una mañanica redonda. Y si quieren visitar el museo, llámenme: estoy dispuesto a que me lo expliquen un millón de veces más.

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