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Opinión | LA FELIZ GOBERNACIÓN

José Antonio Gallego

José Antonio Gallego López, alcalde de Lorca entre 1983 y 1993

José Antonio Gallego López, alcalde de Lorca entre 1983 y 1993 / L.O.

Era un clásico. Elegante, cordial sin excesos, con una estampa adecuada a la institucionalidad incluso cuando no la representaba. De él se desprendía el carisma de la autoridad moral. Siempre en su sitio, aunque lo zarandearan. Nunca recurrió a estridencias; su voz merecía respeto, y aunque en una fase tuvo que adquirir timbres críticos, era atendida a pesar de que pocas veces, una vez fuera del poder, se secundaran sus análisis. Empezó a ser molesto cuando advirtió derivas que lo incomodaban, pero nadie osaba refutarlo y menos reprenderlo. Gallego era, por sí mismo, mucho Gallego.

Durante una década fue alcalde de Lorca, cuando la situación de la vieja ciudad y su ancho territorio no exigían el lujo de pensar en mucho más que en arreglar sus rotos y descosíos, cuando estaba todo por hacer, empezando por reparar sus estructuras básicas. Se aplicó a la modesta, pero imprescindible tarea de poner cimientos sobre los que otros intentarían lucirse después. Sin embargo, él no los tuvo en la organización del PSOE, de modo que se mantenía en ese y otros cargos de los que también dispuso amarrado solo a su prestigio. Cuando quien ejercía el poder interno decidió desplazarlo en pleno mandato para acomodarse en el refugio de la alcaldía lorquina, facilitó el relevo sin espasmos, al menos percibidos públicamente.

José Antonio Gallego representó siempre al Viejo PSOE, un partido en que valían las convicciones y los compromisos que se divulgaban, los cuales no quedaban expuestos a moneda de cambio por platos de lentejas. A pesar de su planta senatorial, se desempeñó con humildad y una disciplina que no apagó su espíritu crítico, siempre con una expresión responsable. En los últimos años lo he visto acudir a actos culturales o presentaciones de libros con una presencia discreta y la actitud de, al final, saludar y marcharse. Y siempre con una sonrisa.

Decir que Gallego ha sido un político honesto es decir poco, pues se supone que todos han de serlo, aunque no está de más remarcarlo. Sería mejor decir que fue un hombre cabal, a quien los arañazos de la vida política no le trajeron rencor. Era de esa gente que deja el tiempo pasar para que cada cual quede en su sitio. Y su lugar, a la hora de su fallecimiento, es el de los hombres dignos de ser recordados.

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