Opinión | Mujeres interesantes
María Martínez
Hermanas Pobres, una experiencia religiosa

Hermanas Pobres de Santa Clara / H.P.
Una tarde húmeda y fría de la pasada Navidad recorro las cien casetas del mercadillo navideño de la capital o Muestra de Artesanía Regional, donde se compra de todo: belenes, dulces, orfebrería, cuero, textil, piedra, cristal, miel, queso, vino, cerveza, confituras, etcétera. Paro en la caseta número dos, la de las Hermanas Pobres, representadas por sendas jóvenes hermanas (no les gusta que se les llame monjas): Leo, 38 años, y Consuelo, de 28 (y parecen aún más jóvenes). Ambas son de Murcia, y llevan 18 y 9 años respectivamente en el monasterio de Santa Verónica en Algezares, camino del santuario de la Fuensanta del que se encargan con amor a la patrona.
Aunque tenían otros planes, escucharon la llamada de Dios y aparcaron los suyos de matrimonio y familia para entrar en una comunidad joven al alza: 16 hermanas dedicadas a la vida contemplativa (recién han entrado dos), la oración y el trabajo. Las profesas (votos de castidad, obediencia y renuncia a propiedades) eligen a la abadesa. Las mañanas, desde las seis, las dedican a rezos y la Eucaristía. Por la tarde trabajan la madera y se turnan en las labores domésticas, para lo que cubren su característico hábito con cordón y toca marrón con un baby.
Vida sencilla. Trasmiten alegría y paz en sus rostros. Salen excepcionalmente de la casa fraternal para médicos o compras, pero familiares y amigos pueden visitarlas allí. Parecen felices, desde luego. Viven de la venta de lo que sus manos trabajan. Tienen objetos muy bonitos (pueden comprarse en tienda y online: www.hermanaspobres.com) y pueden seguirlas en redes sociales (Instagram, TikTok, Youtube y cantan en Spotify).
No echan de menos nada del mundanal ruido. Autosuficientes, tienen otra manera de vivir, pero están al tanto de lo que pasa fuera del convento. Unas hermanas cosen sus ropas para todas. Tienen estudios, hay alguna maestra, enfermera, fisioterapeuta, logopeda, etcétera. Prefieren la lectura de libros religiosos que afianzan la espiritualidad, pues les aporta más que leer novelas (aunque pueden), y escuchan música religiosa.
Leo (de Leonor) es teóloga y me comenta que las ventas esta Navidad han decaído (he comprado algo para Olivia, claro). Y aconseja que «la gente sea feliz, que Dios nos quiere con locura», dice sin titubear. Y también que, aunque los tiempos son difíciles, no vale quejarse, sino dar testimonio activo con otra manera de vivir, como hacen ellas. La Navidad, prosigue, es un tiempo de alegría para compartir entre ellas y con las personas que suben al monasterio a las misas. No se aburren, ratifica. Da gusto escucharlas. Casi una experiencia religiosa indirecta.
Hasta la Navidad que viene, hermanas, y a ver si escampa mientras tanto.
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