Opinión | Así somos
Desigualdad económica y salud mental
La pobreza influye más que la desigualdad contra el sesgo de confirmación de algunos estudios
España y muchos otros países viven un problema creciente de salud mental, agravado en parte por la falta de profesionales. Es sabido que la salud mental se relaciona con el estatus socioeconómico, de manera que los grupos de población menos favorecidos sufren una mayor incidencia de enfermedades mentales. Dado que, en los últimos años y según la OCDE, ha aumentado la desigualdad económica en todo el mundo, muchos especialistas se preguntan si tal aumento está contribuyendo al empeoramiento de la salud mental.
La desigual distribución de la riqueza puede fomentar el malestar individual y social, y la enfermedad mental por muchas razones, entre ellas un mayor individualismo, exigencias laborales o de competitividad más intensas o la preocupación o ansiedad derivadas de la inseguridad en el trabajo o de la posible pérdida de estatus. Puede también aumentar la comparación con personas más exitosas o deteriorar la calidad de las relaciones personales.
La idea dominante entre los investigadores es que existe una relación directa entre desigualdad económica, por un lado y, por otro, bienestar y salud mental, y cuanto mayor sea esa desigualdad económica el bienestar y la salud mental serían peores. No faltan estudios que se ocupen de esta cuestión, pero el problema es que son muy dispares entre sí, los datos que proporcionan no siempre coinciden y muchos de ellos adolecen de problemas metodológicos que cuestionan su validez.
Nicolas Sommet, de la universidad de Lausana, y sus colaboradores han intentado resolver esta cuestión a través de un estudio publicado recientemente en la revista Nature. Emplearon el metaanálisis, método que, con un análisis más refinado, combinó y depuró los datos de 168 trabajos anteriores sobre esta cuestión, en los que participaron más de once millones de personas de todos los continentes. Confirmaron que la enfermedad mental predomina en las clases desfavorecidas, pero no había relación directa entre desigualdad económica, por sí misma, y los indicadores de bienestar y salud mental. La mayor desigualdad va asociada a peor salud mental cuando la riqueza media de toda la población es menor y sus efectos más negativos se ceban en los más pobres.
El estudio revela también que la desigualdad económica parece amplificar algunos aspectos determinantes del bienestar y salud mental, pero no lo hace de forma aislada. Sus efectos negativos dependen de otros factores. Así, son mayores en un escenario inestable de alta inflación y pérdida de poder adquisitivo. En todo caso, si se quiere mejorar la salud mental de la población, una de las medidas más importantes, con carácter universal, es mejorar la situación económica y las condiciones de vida de los grupos con menor poder adquisitivo.
Estos investigadores encontraron otras cosas, digamos, vergonzosas. Confirmaron la existencia de importantes problemas metodológicos en un 80% de los estudios que analizaron, la mayoría de los cuales apoyaban la idea errónea de que la desigualdad económica por sí misma está directamente relacionada con la salud mental. Esto revela un problema general que se da en muchos campos de la ciencia actual y que se suele denominar sesgo de publicación: los investigadores y las revistas científicas tienden a dar a conocer los resultados de los estudios que confirman ideas ya establecidas y difunden menos aquellos que las ponen en cuestión. Este sesgo promueve la ocultación de datos que pueden ser de gran interés para la población y esquiva una de las bases del avance científico: la discusión pública de hallazgos y teorías.
La pobreza influye más que la desigualdad. Afrontar el problema de la salud mental exige muchas medidas, y entre ellas deben estar las de afrontar la carencia de medios económicos de la población más desfavorecida y, además, mejorar la forma de hacer ciencia.
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