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Opinión | Achopijo

Vale

Veo este espacio como una esquinica con un ventanuco grande de madera y cristales limpios abrazados por las hojas de una enredadera. Un sillón de abuela y una pequeña mesa camilla. Una estantería con libros de los ochenta y una caja de discos heredados. Un cuadro de mi madre y dos luces indirectas, de esas que cubren el espacio con una tenue luz cálida, como la de la huerta cuando atardece en primavera. Quizás sonando una melódica balada, también ochentera. Desvencija el cojín blandico del sillón al acurrucarse en las palabras, muchas veces construidas para darle un golpe al tiempo que nos supera. Un espacio en el que compartir, el verbo con el que siento que puedo responder a todo.

El sabor, a la olla gitana de Pilar, en el Salzillo. Sabor a cariño por las cosas de siempre. El año empezó con un pequeño plato hondo a rebosar, entre amigos. Cuando en un restaurante cercano te traen un plato que no has elegido nace una estrella en algún lugar del universo. Ese riesgo es amor puro… «No lo habéis pedido, pero os traigo un plato de olla gitana que hemos hecho que es una delicia». Claro que sí. Empezó el año, decía, con un platico de olla gitana del Salzillo. Oda a la sencillez murciana, la olla gitana es bandera de nuestra generosidad. Una olla con frutas y verduras que lo que lleva es alma pura. Estas letras en una olla han aspirado a ser eso, un guiso de cosicas traídas de Murcia para Murcia que le dieran al domingo un ratico robado al tiempo. Si estas palabras fueran un plato, el plato sería la olla gitana del 3 de enero en el Salzillo.

Han sido miles de ratos aquí, en este sillón ya desvencijado, abriendo la ventana y dejando que entre el fresco, o el solecico. Ratos que yo he disfrutado como un recado de escribir, al que siempre alude mi padre y que me ha hecho seguir siendo el periodista que quise ser. Aunque esto apenas le llegue al Periodismo al dedo meñique el pie. Este papel es parte de mi piel, de mi alma. Querido lector, que sigues ahí, gracias por tu tiempo todos estos años y por dejarme compartir; a ti, y a La Opinión. Y especialmente al Maestro Montiel, que me abrió este ventanuco hace dieciocho años y siempre me animó a no cerrarlo nunca. Apago hoy con Borges: «Solo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece», como alegoría de mi fervor por la nostalgia. Cuídense. Vale.

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