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Opinión | El retrovisor

Días en blanco y negro

Galerías Preciados en plaza de Cetina, los sesenta.

Galerías Preciados en plaza de Cetina, los sesenta. / Archivo TLM

Enero es un mes incómodo y mal encarado; el bolsillo se resiente incluso con las bondades que ofrecen las rebajas. En enero hace frío y la humedad se apodera de los huesos, alentando resfriados, gripes y dolores reumáticos. Quienes pueden ahorran dinero quedándose en la cama la mayor parte del día y los más frioleros aprovechan para hacer exactamente lo mismo, disfrutando del calor bajo sábanas y mantas. La cama se convierte en todo un bastión, un reducto de calor en el que los sueños dan al traste con las incomodas realidades que ofrece la estación invernal.

Fue allá por los finales de la década de los cincuenta cuando la mesa de camilla, con sus cálidas faldillas, dejó de ser el centro neurálgico del hogar. Reina y señora de la casa, a su alrededor se congregaba la familia, imantada por ese calor suave y silencioso que desprende desde su interior y subía por los pies lentamente, un tibio sopor nos invadía. La camilla proporcionaba una intimidad y una confianza entrañables y familiares. La mesa camilla era idónea para escuchar la radio y entregarse a la modorra escuchando el serial o el parte informativo de turno, sin necesidad de tener que mirar a ningún sitio de forma permanente.

Los modernos años sesenta trajeron los tresilllos de skay imponiendo su estilo junto con el mobiliario de formica en salas de estar, para dar cobijo a la novedosa y ansiada televisión que daría un cambio sustantivo a nuestras vidas. Sus programas y series influirían a partir de entonces en nuestra sociedad, cambiando hábitos y costumbres, e incluso forjando un nuevo tipo de ocio que nos ataría a la pantalla. Presentadores, actores, hombres del tiempo y personajes televisivos pasaron a formar parte, desde entonces, de las familias españolas.

En aquella televisión pionera disfrutamos de series como Los Intocables, que ocupó un lugar de honor entre las series del momento y cuyo primer capítulo fue emitido por TVE en febrero de 1964. Eliot Ness y sus hombres impactaron a los espectadores con aquel ambiente de la ‘ley seca’. Otra serie muy popular fue El Santo, la que hizo famoso al actor inglés Roger Moore, otra de las series favoritas del público. Simon Templar ‘El Santo’ aparecía como un hombre simpático, rico y culto. Su Volvo 1800 de color blanco lo convirtió en un mito que peleaba con los «malos» en aquella España del 600.

Resulta imposible olvidar aquellas sobremesas, tras el obligado arroz y pollo, cuando llegaba la familia Cartwright en la serie Bonanza. Los propietarios de La Ponderosa nos hacían cabalgar entre los anuncios de los caramelos ‘Sugus’ y los ‘Almendritos’ que sabían a gloria: Ben, Adam, Hoss y You, eran tan protagonistas de los domingos como el cura de nuestra parroquia.

Muy lejano se ve hoy un concurso de televisión como aquel Cesta y puntos, que comenzó a emitirse en 1965, espacio cultural dirigido a los estudiantes de bachillerato, con premios para alumnos y colegios participantes. Un espacio conducido por Daniel Vindel que hacia las delicias de padres y abuelos ante los buenos estudiantes de la familia.

En marzo de 1964 se estrenó Reina por un día, un programa de lágrima fácil, venía a ser una recreación del cuento de la Cenicienta, ya que cualquier anónima ama de casa podía ver realizados sus sueños. Presentado por los excepcionales José Luis Barcelona y Mario Cabré, llegó a convertirse en todo un fenómeno sociológico de la época. Los aficionados a la música moderna quedaron enganchados a Escala en hi-fi, un programa que comenzó a emitirse en 1965, presentado en sus inicios por el actor Pablo Sanz y posteriormente por Juan Erasmo Mochi, llegó a ser todo un tótem de la programación de TVE.

Brillantes programas de televisión acompañaban las frías tardes y noches de invierno en aquellas entrañables jornadas hogareñas de unos largos y sobrios eneros, que solo veían rota su rutina por el monótono soniquete de los anuncios de rebajas.

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