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Opinión | De dioses y de hombres

Profesor y artista plástico

Viajeros en el tiempo

‘Mesa de Omar’, de Eduardo Chillida.

‘Mesa de Omar’, de Eduardo Chillida. / L.O.

Mantengo una relación de amor y amistad con muchos libros que han pasado por mis manos. Todos los que tenemos un hábito lector, más o menos consolidado, sabemos que más allá del propio libro y de su historia, los libros nos recuerdan a otras personas; a situaciones que nos retrotraen al momento de su lectura o hacia aquellos que las propiciaron. Cuando a veces miro mi biblioteca y recorro con la mirada títulos y cubiertas mi mente se llena de personas, de cumpleaños o situaciones ya lejanas que alumbraron la presencia de muchos de los ejemplares que hoy me acompañan.

Disfruto de la fortuna de tener amigos cuyo tiempo y presencia en mi vida son un regalo, compañeros de camino con los que siempre es enriquecedor estar y compartir vida, conversaciones e inquietudes. Amistades proyectadas a lo largo de muchos años en los que la lealtad y camaradería han quedado más que demostradas. Y lo digo con orgullo porque en esta sociedad nuestra estos términos parecen, en muchas ocasiones, pertenecientes a otros tiempos. Hace unos meses, mi amigo Antonio León, gran bibliófilo y coleccionista incansable, dueño de unas de las mejores bibliotecas privadas de nuestra Región, me regalaba una pequeña joya literaria: un libro de mi admirado Mújica Lainez con dedicatoria del autor. Evidentemente, no era ésta hacia mí sino hacia un destacado personaje, articulista y dramaturgo español del siglo XX para más señas. El libro estaba dedicado y firmado en Quito, en el año 1968, y formó parte de la biblioteca de un destacado intelectual: Joaquín Calvo Sotelo, hermano del conocido político. Hablaba con mi amigo Antonio acerca de cómo nuestras cosas serán dispersadas tras nuestra muerte. Las bibliotecas son un buen ejemplo de ello. Es ingenuo pensar que aquello que hemos amado, coleccionado o reunido en el tiempo seguirá cerca de las personas que nos han rodeado estando con vida. Los libros siempre trascienden a sus autores y dueños puntuales, son ejemplo vivo de los propios movimientos de la vida y de la Historia.

Hace unos meses, pedía a algunos de mis compañeros de trabajo colaboración para recitar un poema -el que cada uno quisiera escoger- siendo grabados por los alumnos de la asignatura de Nuevos Medios Audiovisuales. Un proyecto que pretende estrechar lazos entre profesores y alumnos a través de poemas variopintos, editando y difundiendo posteriormente lo grabado. Fue ahí donde dos compañeros -que son amigos- me sacudieron especialmente con su elección literaria: llevándome a profundizar con voracidad sobre dos autores persas memorables. Juan Terol, ingeniero y amante de los árboles, músico y padre ejemplar, recitó el conocido como Poema de los átomos del místico sufí del siglo XIII Rumi. Autor que nos habla de la unidad y del amor universal y que ejerció una gran influencia durante siglos en muchos escritores. El poeta es una fuente insondable acerca de la condición intangible del hombre, de lo que nos eleva y une. Miguel Ángel Yuste, científico y filósofo, guitarrista flamenco y escritor de aforismos, recitó un poema de Omar Khayyam, extraído de una edición que su madre le regaló cuando era adolescente y que, desde entonces, siempre le ha acompañado. Alguna cosa conocía yo del sabio medieval iraní, pero la profundización ha venido en las últimas semanas al amparo de sus maravillosos poemas y biografía. A Khayyam se deben las matemáticas el concepto de la X en las ecuaciones y el tiempo, medido por él con una exactitud pasmosa, el año bisiesto (calculado de una forma más precisa que la gregoriana). Pero es el Rubaiyat, el libro que recoge los poemas del gran persa, su más celebrado legado. Es el poeta del placer, aun teniendo siempre presente la finitud del hombre. Cantó a los deleites del vino como casi nadie lo ha hecho: con su ironía melancólica y su búsqueda de la verdad marcada por el escepticismo. Muchos son los que han buceado, fascinados, en la figura de este sabio durante su propia creación artística. El universal escultor vasco Eduardo Chillida le dedicó una serie de esculturas entre 1982 y 1984. El genial Oscar Wilde lo menciona en su celebrada novela El retrato de Dorian Gray; el propio Nobel Juan Ramón Jiménez lo cita en un capítulo de Platero y yo.

Los libros, la literatura y todo poema es nuestro, pero, a la vez, no nos pertenecen; son viajeros en el tiempo. Viajamos de la mano de personas que nos rodean, personas que a veces escogemos o que nos escogen, pero también de otras que nos precedieron y dejaron su canto, su aliento vital, a través de las palabras recogidas. Los libros nos enseñan, consuelan y acompañan. Regalemos libros, compartamos poemas, atesorémoslos; serán siempre amigos fieles a los que volver.

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