Opinión | Pintando al fresco
Los periódicos

Corazón que adorna la plaza de La Opinión en Murcia. / Israel Sánchez
Cada día, desde hace muchísimos años, tengo algo que hacer sin falta, ir al kiosco a recoger los periódicos, uno nacional y otro local. Estoy suscrito al nacional desde el año 1978 y el que están leyendo ustedes en este momento llevaba un artículo mío en su primer ejemplar hace treinta y siete años, o sea que la presencia en mi casa de estas dos publicaciones es algo que forma parte de su estructura, como las paredes o los muebles. Y, aunque a otros medios los leamos en sus páginas web, estos dos los queremos en papel porque nos gusta, nos pone, nos anima a sentarnos cómodamente y extender sus hojas antes nuestros ojos, porque hasta su olor característico, mezcla de perfume a tinta y madera, nos resulta familiar, y así seguiremos mientras que el papel, o nosotros, aguantemos el paso de los años.
Porque un periódico nos proporciona fundamentalmente información, pero también otras cosas. Se ha hablado mucho del estilo que debe ser utilizado para escribir en un medio y si periodismo y literatura pueden ir de la mano en estas páginas. Claramente, hay opiniones de todos los gustos sobre ello. Desde mi punto de vista, de viejo columnista de opinión, debo decir que una cosa es escribir bien y otra hacer literatura, y que periodismo es una cuestión, y narrativa, poesía, etc. son otras. La información de un hecho puede estar perfectamente explicada sin utilizar florituras del lenguaje, y agradecerás que sea clara y que vaya al grano, sin muchos circunloquios.
En lo que a mí se refiere he de confesar que provoqué un hecho que cambió mi percepción de este tema. Sin lugar a dudas, hubo unos años, cuando comencé a escribir en los medios, en los que, como el lector de libros que soy, a veces trasladaba un poco del lenguaje de Tolstoy, Miller, Cervantes, etc., a lo que escribía. Me gustaba hacerles guiños desde los artículos a otros posibles aficionados a la literatura, por ejemplo, acabar un artículo con la frase ‘el resto es silencio’, o con ‘me ha llegado el tiempo de parar y quedarme mirando despacio lo que me rodea’. Pero ocurrió que un día me pasé de rosca. Escribí en una revista un artículo sobre un libro que había escrito Umberto Eco y que no me gustó nada.
Cuando lo vi publicado me resultó tan pedante, tan absolutamente rebuscado en la expresión, tan presuntuoso, que decidí que nunca volvería a hacer algo así y que procuraría escribir tratando de pasar el lenguaje oral al escrito de la manera más natural posible, y que ya no utilizaría nunca la palabra ‘idiosincrasia’, entre otras, y menos aún ‘indiosincrasia’, que dijo un político un día en la Asamblea Regional.
Hablando con otros amigos lectores de periódicos sobre este tema, hay alguno que me ha dicho algo que considero interesante. Manifiestan que últimamente comienzan a leer los periódicos por la última página y avanzan hacia atrás. Uno de ellos me daba la siguiente explicación de su modelo de lectura: ‘Lo mejor está al final, lo que más me relaja y divierte, así que comienzo por la última página, y sigo, información sobre cine y tele, Cultura, deportes, entrevistas, etc. Y, poco a poco, me voy metiendo en la actualidad, los asesinatos, robos y demás. Dejo la política para el final, y, si va de peleas, como casi siempre, apenas lo leo. Miro los artículos de opinión, y leo los de mis preferidos. También comienzo los de otros, pero solo los termino si son capaces de agarrarme en los primeros párrafos. De la información local leo todos los titulares y algunos de los contenidos. Lo internacional lo sigo mucho más últimamente porque tengo miedo por lo que está pasando’.
La anterior es una opción. Los más jóvenes suelen informarse en las redes sociales, cuya capacidad de manipulación es absolutamente cierta. Pero quedamos los irreductibles de la prensa escrita. Y por muchos años.
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